05 junio 2026

De como gravite hacia la Comedia Inteligente

Corría el año de mil novecientos ochenta y tantos, mi tercer semestre de preparatoria.  El maestro de biología no llegaba al salón y los alumnos nos preparábamos a emprender la graciosa huida.  Faltando un par de minutos para que oficialmente pudiéramos abandonar el aula sin consecuencias, el profe llega “barrido”, y todos de regreso a sus escritorios - Sin Yolanda Maricarmen. 

Y como para salir del apuro, para rectificar su tardanza y aligerar el ambiente, el profe comienza a contarnos algo que estoy seguro en su origen intento ser un chiste – Hablando de teoría molecular, teníamos un compañero en la facultad, que la verdad estaba algo pasadito de peso y en la clase se nos ocurrió apodarlo “la macromolécula ja ja ja cerraba así el profe con una risa chistosa, similar a la de aquel personaje del Profesor Villafuerte de Cachun Cachun Ra Ra. 

Está de más mencionar que aquella fue la única risa que se escuchó en todo el salón.  Bueno, esa y la mía, la cual tuve que apagar de tajo después de un silencio incomodo del resto del grupo.  Después, vino una gran carcajada al unisonó, claramente causada por el narrador y no por el chiste.  He de confesar que mi risa fue genuina y no por quedar bien con el maestro.  El chiste me pareció bueno; lo entendí a la primera, y a pesar del ambiente de rechazo, yo quedé satisfecho.  Podría decir que aquí ya venía reafirmando mi gusto por la comedia inteligente. 

Pero ¿que más me fue llevando a este tema de “pensar” los chistes? 

Siempre fui un niño distinto, con gustos raros, muy diferentes, muy nerds.  Yo era de esos niños que veían los noticieros en la tele, me sabia los nombres de los secretarios de estado, tanto de Mexico como de los gringos, y así otros tantos datos inútiles para cualquier niño “normal”.  Siempre fui muy observador; como buen imitador, buscaba todos los detalles que me parecían resaltar la situación o persona.  Lo visual se me dio bien desde un principio, era mi mejor sentido, con todo y que ya precisaba de mis gafas.  Los temas de actualidad, de ciencia y sobre todo la sica siempre llamaron me llamaron la atención. 

También, mi exposición temprana a Les Luthiers, allá por los años setenta, fue otro detonante de esa chispa humorística Les descubrí a mis escasos 8 os, y me cautivaron con esos argentinismos mezclados con un humor de lo más fino e inteligente que jamás se haya producido.  Esto gracias a la vasta colección discográfica de mi hermano mayor, la cual yo escuchaba en repetidas ocasiones hasta el cansancio. 

Otro factor que influyo en este gustito fue sin duda mi padre.  Entender yuxtaposiciones y reglas de tres para el remate, que hablaban de temas políticos de actualidad fueron algo de su herencia.  En ese entonces también me aficione a la caricatura, al cartón político de la sección editorial de los diarios.  Si algo no entendía, se lo preguntaba a él, recibiendo una mezcla de respuesta precisa o alguna metáfora que me dejaba pensando más de lo que buscaba. 

También llegaron Schulz y Quino.  Sus tiras cómicas cargadas de una inteligencia asombrosa, que las llenaban de vida, de esa chispa audaz y picante en sus personajes, eran una delicia en el suplemento dominical de “monitos” en el diario o periódico como lo llamábamos en casa. 

Mi afición por las tiras cómicas del periódico no se detenía aquí.  En casa de mi abuela, recuerdo que mi mayor entretención era chutarme cualquier cantidad de revistas “Duda” y “Proceso”, pero no por sus contenidos de ovnis o política, sino por la parte final que incluía tiras cómicas, como la de “Booggie el Aceitoso” de Fontanarosa.  Me volaban la cabeza esos modismos en inglés, el clásicoshitcon el cigarrillo en la boca y que ahora caigo en cuenta que seguro era un porro.  Todo esto me hizo querer ser caricaturista, de estos del periódico que publicaban algo cada semana.  No sabía bien como, ni era experto en dibujar, me defendía, pero yo les decía a mis jefes que eso es lo que quería ser cuando fuera grande, y si empezaba de una vez, mejor.  Ellos solo sonreían y atinaban a decir “claro que si chiquitín”. 

Después con el tiempo supe que, por ejemplo, Eduardo Galeano, como otros tantos escritores, tuvo sus comienzos como caricaturista bajo un seudónimo.  Esto me pudo haber inspirado en algún momento, pero me baje del avión pensando que era demasiado tarde.  Ahora me doy cuenta de que tener esos sentidos abiertos, junto con una mente amplia y flexible ayudan mucho.  

Mi viejo tenía el diente incisivo superior lateral izquierdo un poco sumido (abro espacio aquí para las críticas de odontólogos), y esto hacía que el canino superior izquierdo sobresaliera más.  Era “colmilludo” el viejo, literalmente.  Curiosamente yo comparto esa cualidad; las herencias llegan de formas tan variadas.  El caso es que nunca, o casi nunca mi papa dejaba asomar ese diente, salvo que se riera a carcajadas.  Este fenómeno humorístico-dental sólo aparecía en ocasiones muy especiales:  cuando veía una película de Cantinflas, con algún que otro cartón político de la sección editorial, y una muy específica, cuando le rompió un refractario a mi mama para recalentar unos chiles rellenos, poniéndolo directo al fuego de la estufa.  Si el viejo hubiera tenido colmillo postizo, le habría brillado como a Pedro Navajas.

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06 diciembre 2021

Carta abierta a mis amistades pasajeras

Estimados pasajeros (temporales y accidentales):

 

“Favor de asegurarse que lleva consigo todas sus pertenencias, traumas, taras y demás demonios ; la empresa no se hace responsables de ningún trastorno olvidado en nuestros vagones.  Favor de mantenerse sentado y cómodo durante el trayecto, puede que le toque alguna turbulencia de honestidad que llegase a causarle alguna molestia.  Mantenga sus manos, pies, lengua e ideas alejados de las ventanas de este transporte y úselos solamente en su propio espacio y tiempo.  Abróchese bien el cinturón, fájese el pantalón, agárrese bien, y “aguante vara”.  Ahora si, disfrute de su viaje y esperamos (o tal vez no) verlo de nuevo en este su transporte preferido”




 

Siempre me he imaginado mi vida en una línea , si no recta, en esas que te marcan en las líneas del transporte subterráneo, con una primera y una ultima estación.  Y de igual forma, la gente que te acompaña en alguno o varios momentos de tu vida, como los pasajeros.  Haciendo una analogía muy ruda de la idea de los tres tipos de amistad según Aristóteles, los pasajeros también se pueden repartir en esas tres categorías, o quizás hasta mas, pero nos limitamos a las que aquí confieren:  los pasajeros accidentales, los polizontes y los regulares, los que siempre están ahí, y estarán, hasta que terminen su viaje.  Y quizás, los que van con el tren hasta la ultima estación por el propio gusto de llegar al final de viaje, porque les gusta el transporte, o porque se les da la gana.

 

Ahora si mi estimado pasajero(a), rompo el turrón y te informo que esta carta abierta te va a reclamar varios puntos, sin importar si son validos o no, para mi lo son y con eso me basta.  Alguno de ustedes ha pagado boleto para subir, otros se metieron de polizontes y nunca nadie les cobro un cinco o les invito amablemente a abandonar el vagón, así que ahora simplemente te pasaremos la tarjetita, para que la leas a tu paso, a tu ritmo, sin que sientas que te la leyeron.

 

Y es aquí donde la analogía no checa muy bien, pues el metro es un transporte por el que pagas una cuota y te provee de un servicio, te lleva del punto A al punto B.  Una amistad es diferente, no debería de ser un servicio, un quid pro quo, pero muchas veces lo es, esta definido, pero bueno, de la misma manera nos acomodamos ya sea en las primeras bancas o hasta atrás, o donde haya lugar, inclusive parado, agarrado del tubo o como sea.

 

A ti que solo usaste el transporte como servicio, te doy las gracias por haberlo hecho, por haber tenido la confianza de otorgarme esa transacción de negocio, y de corazón te digo, espero haberte otorgado un servicio de calidad.  A ti, te doy gracias por tu sinceridad, porque al menos fuiste derecho; boleto-servicio, pago por viaje, quid pro quo.  A ti, amigo de la escuela que me ayudaste en algún examen, amigo del amigo de mi barrio que me ayudaste a completar el equipo de futbol o de beisbol o de lo que haya sido, o a ti amigo del ámbito laboral que de alguna manera te saque de un apuro con alguna fecha limite en el trabajo y lo remuneraste en alguna barra de mala muerte o en algún restaurante muy “popof”. 

 

Pero a ti, polizonte, aquel que se quiso meter y finalmente se metió de “a grapa” en el vagón, pero fingiendo ser de primera clase, pidiendo la champagne y el caviar como si te lo merecieras, y reclamando otros tantos servicios que sabias que ni siquiera te merecías, a ti, no me queda mas que mentarte la madre a la distancia disfrazado de un saludo efusivo cual beso de Judas.  Al menos yo cobre 30 monedas por un servicio, en cambio tu, tu te “fuiste rickis”.  

 

Y es que por mas estoico que me quiera mantener, no puedo evitar sentir dolor, coraje y demás gama de sentimientos.  Duele saberse usado de trampolín, solo para uno o varios favores usando la carta de la “amistad”; una amistad por conveniencia, al fin y al cabo así la definió pues Don Aristóteles.  Y no conforme con eso, te voltean la tortilla y se sienten con la autoridad moral de aplicarte el “ghosting”, y a tus espaldas despotrican de ti, les das “huevita”, cosa que fingían muy bien mientras te pedían el o los favores.  Pero saben como mantenerte ahí, en ese lugar, exigiendo el servicio, con esa cara de pasajero de primera clase, con la sonrisa y el guiño.  Y me pregunto, cual es el afán, que mas ganas? Si ya llegaste a tu destino, porque querer seguir ahí? Acaso te da tranquilidad de conciencia,?  Acaso quieres confesar o al menos aceptar tu falta, acercarte al primer vagón, pagar tu cuota y bajar?  Pero no es así, al final, regresar a tu lugar de primera clase, y si te llegas a bajar por voluntad, lo haces igual que como entraste, de polizonte, por la puerta trasera.

 

Y no soy hipócrita, estoy seguro que yo lo habré aplicado igual en mas de una ocasión, pero esta es mi ruta, este es mi vagón y ahora este es mi turno.  

 

Me duele el orgullo o es tal vez el ego, pero de igual forma me duele.  Me duele haberme creído parte de tu mundo, un mundo que ahora veo muy lejano, muy irreal, al que sé bien que no pertenezco, nunca pertenecí ni perteneceré jamás.  Al menos el viaje me sirvió para concientizarme de esto ultimo.  Un mundo en el nunca compartiremos una buena charla en algún café, mucho menos en la sala de tu suntuosa casa.  Consiente estoy de que jamás te volveré a ver.  Si no te bajaste ya del vagón, seguro el guardia ya se encargo de “invitarte a bajar”.

 

A pesar de todo esto que ahora despotrico, a ti, también te doy las gracias, porque no me fui en blanco y también me ayudaste a aprender algo, una lección quizás.  Entre mas me acerco a la estación final, mas hago recuento de las estaciones anteriores, y ahora ya checo quien entra y quien sale, quien paga y quien no, o al menos lo intento.  

 

Esto es todo estimado pasajero, para evitar seguir supurando hiel damos por terminada la misiva.  Solo nos queda agradecerle su preferencia, por cualquiera que haya sido su motivo.  Y a usted polizonte, solo esperamos que no le quede ni el suficiente tiempo ni la intención de volver a alcanzar de nuevo nuestro transporte en alguna de las estaciones de mas adelante; en ese caso, nos vamos a ver en la penosa necesidad de negarle el servicio, cerrarle la puerta en la nariz y aplicarle la típica frase “ya va lleno joven!”.

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