Mi piel se erizaba mientras un escalofrió me invadía al entrar por ese callejón; el olor a humedad era evidente. ¿Qué hay más allá? ¿Tengo que entrar ahí a fuerzas? Y de pronto, el golpe natural de cortisol hizo que mis ojos se abrieran repentinamente. Ah cabrón, ¿dónde estoy? Seguía con un pie en el plano onírico. De a poco me fui dando cuenta que estaba en el mundo real, que ya había despertado, jodido y desorientado, pero sin despertador y vivo.
La costumbre me llevo a buscar la chingada pastillita diaria. Mi mano encuentra el pastillero y con los dedos cuento de izquierda a derecha para calcular el día correspondiente a la tapita para abrirla.
Definitivamente un ciego tiene más habilidad que yo para esto. Y es que en ese momento mis ojos todavía no se ajustan a la poca luz, y a la falta de anteojos. La duda me asalta y me veo forzado a revisar pipiriciego, si la tapita tiene la letra del día que yo pienso que es. ¿Y cómo estoy tan seguro? Mas bien reviso que las otras cajitas estén vacías, y la primera que tenga algo, esa es la correspondiente, por ende, el día que marque esa tapita, ese es el día en el que vivo, ese es el día en el que amanecí de nuevo.
Claro, amanecí que ya es ganancia, dispuesto a empezar el día con agradecimiento, con todo y la odisea inicial de la identificación para posicionarme en el espacio-tiempo. ¿El tomar pastillas viene con la edad? ¿Es acaso sinónimo de hacerse viejo? Creo que la respuesta es un "NO" rotundo, pero a muchos nos tocó bola blanca y "a marchar".
Hasta hace poco todavía tenía el orgullo de contar con una sola pastillita por cada cajita del pastillero... hasta hace poco. Ya perdí la cuenta de cuando comencé con esa primera. Lo que si recuerdo fueron esos interminables análisis de sangre para establecer la dosis correcta, me sentía como rata de laboratorio. Ni modo, el precio a pagar por la herencia y la indiferencia.
Y entonces llego una segunda, y hasta aquí va la cosa. Dos son suficientes para confundir a mi vista y a mi tacto, por mucho que una sea de forma ovalada y blanca y la otra redonda y color rosa. Mis ojos por las mañanas son tan democráticos que no distinguen sexo, raza ni posición social, mucho menos una píldora de otra.
¿A qué hora me hice viejo? ¿A qué hora pase yo a ser el "señor" de punto de referencia? Mi cuestionamiento es inútil mientras el espejo refleja esa capa blanca-grisácea sobre mi cabeza. Con esa vara medidora, me doy cuenta de que ya hace tiempo pase a esas filas de los "seniors". Y aunque se dice que la edad es solo un número y que lo que cuenta es como te sientes, por más como que el cuerpo mismo te va avisando. Independientemente de años bien vividos o mal llevados, siempre hay algo que te da un jalón de orejas, o más bien un tirón de corva, o el clásico dolorcito de espalda. Y aquí no se trata de querer ser eternamente joven o en su peor defecto, obstinarse en ser el "chavo-ruco". El tiempo tiene que seguir su marcha y uno acomodarse en donde le toca. Como en la analogía del carro del metro, ya vas en las estaciones que terminan en "ultima" para llegar al destino, y pues te acomodas, te apaciguas y pacientemente sigues tu camino mientras te diviertes con los que suben y bajan. Bye Felicia!
Un día más pues para hacer y deshacer, o no hacer nada. No es exactamente como en la peli de Groundhog Day, pero la premisa es llamativa y simple: una nueva oportunidad y punto. De pronto me acorde de una frase que un buen amigo me dijo mientras degustábamos unos buenos chilaquiles: "El día que no te duela o truene algo al despertar, ese día preocúpate (o despreocúpate), probablemente ya pasaste a mejor vida". Entonces, mientras tecleo, creo que sigo aquí.