06 octubre 2026

Cuando lo único que te ubica en el tiempo es un pastillero


Mi piel se erizaba mientras un escalofrió me invadía al entrar por ese callejón; el olor a humedad era evidente.  ¿Qué hay más allá? ¿Tengo que entrar ahí a fuerzas? Y de pronto, el golpe natural de cortisol hizo que mis ojos se abrieran repentinamente.  Ah cabrón, ¿dónde estoy?  Seguía con un pie en el plano onírico.  De a poco me fui dando cuenta que estaba en el mundo real, que ya había despertado, jodido y desorientado, pero sin despertador y vivo.


La costumbre me llevo a buscar la chingada pastillita diaria.  Mi mano encuentra el pastillero y con los dedos cuento de izquierda a derecha para calcular el día correspondiente a la tapita para abrirla.

Definitivamente un ciego tiene más habilidad que yo para esto.  Y es que en ese momento mis ojos todavía no se ajustan a la poca luz, y a la falta de anteojos.  La duda me asalta y me veo forzado a revisar pipiriciego, si la tapita tiene la letra del día que yo pienso que es.  ¿Y cómo estoy tan seguro?  Mas bien reviso que las otras cajitas estén vacías, y la primera que tenga algo, esa es la correspondiente, por ende, el día que marque esa tapita, ese es el día en el que vivo, ese es el día en el que amanecí de nuevo.


Claro, amanecí que ya es ganancia, dispuesto a empezar el día con agradecimiento, con todo y la odisea inicial de la identificación para posicionarme en el espacio-tiempo.  ¿El tomar pastillas viene con la edad? ¿Es acaso sinónimo de hacerse viejo?  Creo que la respuesta es un "NO" rotundo, pero a muchos nos tocó bola blanca y "a marchar".


Hasta hace poco todavía tenía el orgullo de contar con una sola pastillita por cada cajita del pastillero... hasta hace poco.  Ya perdí la cuenta de cuando comencé con esa primera.  Lo que si recuerdo fueron esos interminables análisis de sangre para establecer la dosis correcta, me sentía como rata de laboratorio.  Ni modo, el precio a pagar por la herencia y la indiferencia. 

Y entonces llego una segunda, y hasta aquí va la cosa.  Dos son suficientes para confundir a mi vista y a mi tacto, por mucho que una sea de forma ovalada y blanca y la otra redonda y color rosa.  Mis ojos por las mañanas son tan democráticos que no distinguen sexo, raza ni posición social, mucho menos una píldora de otra.


¿A qué hora me hice viejo? ¿A qué hora pase yo a ser el "señor" de punto de referencia?  Mi cuestionamiento es inútil mientras el espejo refleja esa capa blanca-grisácea sobre mi cabeza.  Con esa vara medidora, me doy cuenta de que ya hace tiempo pase a esas filas de los "seniors".  Y aunque se dice que la edad es solo un número y que lo que cuenta es como te sientes, por más como que el cuerpo mismo te va avisando.  Independientemente de años bien vividos o mal llevados, siempre hay algo que te da un jalón de orejas, o más bien un tirón de corva, o el clásico dolorcito de espalda.  Y aquí no se trata de querer ser eternamente joven o en su peor defecto, obstinarse en ser el "chavo-ruco".  El tiempo tiene que seguir su marcha y uno acomodarse en donde le toca.  Como en la analogía del carro del metro, ya vas en las estaciones que terminan en "ultima" para llegar al destino, y pues te acomodas, te apaciguas y pacientemente sigues tu camino mientras te diviertes con los que suben y bajan.  Bye Felicia!


Un día más pues para hacer y deshacer, o no hacer nada.  No es exactamente como en la peli de Groundhog Day, pero la premisa es llamativa y simple: una nueva oportunidad y punto.  De pronto me acorde de una frase que un buen amigo me dijo mientras degustábamos unos buenos chilaquiles: "El día que no te duela o truene algo al despertar, ese día preocúpate (o despreocúpate), probablemente ya pasaste a mejor vida".  Entonces, mientras tecleo, creo que sigo aquí.

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18 septiembre 2026

La Vejiga Salvadora

 

"Up, up, and away... to the toilet"

Nos encontrábamos de regreso a casa en un viaje de cuatro horas por carretera.  Horas de playlists, de podcasts y de platicas profundas y a la vez de nada con mi mujer.  De regreso de salvar al cachorro de algunas vicisitudes en su inicio por la vida adulta, así que veníamos con esa sensación del deber cumplido.


Así pasaron las horas entre el crujir de galletas, el olor chocolatoso de mochas lattes y las melodías de "Ramble On" o "No voy en Tren" de fondo.  Ese último podcast de Yordi estaba interesante, pero me canso su voz sosa y su actitud a veces ingenua rayando en lo pendejo.  Decidí entonces dejar a mi DJ de inteligencia artificial de "spoofy" (así le digo yo de cariño a Spotify) que me sorprendiera con sus sugerencias musicales. 


Por un momento mientras mi vista se perdía entre el camino y esos cerros cafés con mucha arena y pocos arbustos, meditaba en los alcances de la inteligencia artificial – ¿Qué crees que sea peor, la inteligencia artificial o la estupidez natural? - le preguntaba yo a la flaca mientras el DJ me ponía a bailar las manos al ritmo de "Play That Funky Music".  Ella no me contesto, venia más dormida que despierta.  Me valió madres, yo seguí "conversando" con ella, un dialogo muy monologo; interesante ejercicio.


Los cafés y las aguas del camino no tardaron en hacer efecto en mis entrañas.  Faltando aproximadamente una hora para llegar a destino, mi vejiga digo "no más" y como policía de pueblo me decía amablemente: "oríllese a la orilla".


Mientras evitaba retorcerme muy obvio, intentaba buscar alguna estación de servicio en la aplicación del celular.  Parecía hecho a propósito, estábamos en el tramo más inaccesible del camino.  Con todo y eso, a un par de millas más adelante se encontraba el ultimo pueblito antes de entrar a la mancha urbana.  Sin pensarlo dos veces, tomé la salida.  La aplicación de mapas del móvil me delató, pues empezó a darme rutas alternas sin parar; poco le falto para regañarme.  La cantaleta de voz dulce despertó a mi flaca y llego el reclamo - ¿Porque nos salimos? ¿No te pudiste aguantar?, falta muy poco.  Creo que ella entendió mis razones al ver la distancia considerable que había entre mi trasero y el asiento del auto.  Pasaron un par de minutos desde la salida que parecieron eternos y la estación de servicio por fin estaba ahí.  Llegué, paré, entré, busqué, desagüé, exhalé, soplé, fui feliz. 


Después de tan necesaria desviación, retomamos la carretera principal.  No habían pasado ni dos millas cuando de pronto una patrulla del Sherif local bloqueaba la carretera, forzándome a tomar la salida adjunta.  La tomé, pero muy avivadamente me quise volver a meter a la autopista, y en ese momento llego otra patrulla a bloquearme dicho acceso.  Con señas le preguntaba al poli que para donde más le daba, el solo me hizo otra seña con sus manos que interprete como "atrás".  Ahí fue cuando a la distancia pude ver un embotellamiento de carros y trailers junto a una gran columna de humo negro, denso y hasta unas llamaradas altas, vivas, con hambre de seguir consumiendo. 


Un poco de olor a diésel quemado se coló entre las rendijas del aire acondicionado.  Hubo un momento de confusión, siempre se ataranta uno ante lo imprevisto.  En ese momento pensé – si no me hubiera parado a vaciar mi vejiga, tal vez estaríamos ahora mismo atascados entre todos esos carros, o quizás estaríamos debajo de la columna de humo entre las llamas... ve tu a saber.  Se me puso la piel chinita y hasta frio me dio.


Me orille a la vereda del camino y le preguntamos a la voz dulce de la aplicación de mapas que nos dijera "pa donde".  Muy amablemente nos dio la mejor ruta; era la única para sortear el obstáculo.  Nos atrasaría un poco pero, era inevitable y necesario.  Seguí las indicaciones y para mi sorpresa, nos llevó por unos caminos rurales de paisajes muy pintorescos: pequeñas granjas con tractores oxidados, caballos y vaquitas.  Varios árboles frondoso hacían una especie de sombrilla por ambos lados del camino.  Un canal de riego recorría la misma ruta y un gran cerro, más verde que café, nos regalaba una sombra reconfortante; un verdadero oasis en medio del desierto. 


El tiempo se detuvo y a la vez se fue volando.  Cuando menos pensé ya estábamos de regreso en la autopista.  Y en ese último tramo no pude evitar pensar "¿Acaso podría decirse que mi vejiga nos salvó la vida?  No puedo estar tan seguro, el hubiera no existe.  Al menos el accidente nos hizo tomar esa desviación que evitó varias horas de atasco, corajes, y nos regaló una capsula analgésica de paisajes pintorescos, muy necesaria para desacelerar, observar, respirar hondo y disfrutar de la vida que nos quede.  Después de todo y por si las dudas, le agradecí a mi vejiga que haya sido tan oportuna con unas buenas chelas ya en casita, esperando al siguiente road trip para escuchar sus consejos o de plano llevarme una bolsita...

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