Corría el año de mil novecientos ochenta y tantos, mi tercer semestre de preparatoria. El maestro de biología no llegaba al salón y los alumnos nos preparábamos a emprender la graciosa huida. Faltando un par de minutos para que oficialmente pudiéramos abandonar el aula sin consecuencias, el profe llega “barrido”, y todos de regreso a sus escritorios - Sin Yolanda Maricarmen.
Y como para salir del apuro, para rectificar su tardanza y aligerar el ambiente, el profe comienza a contarnos algo que estoy seguro en su origen intento ser un chiste – Hablando de teoría molecular, teníamos un compañero en la facultad, que la verdad estaba algo pasadito de peso y en la clase se nos ocurrió apodarlo “la macromolécula” ja ja ja – cerraba así el profe con una risa chistosa, similar a la de aquel personaje del Profesor Villafuerte de “Cachun Cachun Ra Ra”.
Está de más mencionar que aquella fue la única risa que se escuchó en todo el salón. Bueno, esa y la mía, la cual tuve que apagar de tajo después de un silencio incomodo del resto del grupo. Después, vino una gran carcajada al unisonó, claramente causada por el narrador y no por el chiste. He de confesar que mi risa fue genuina y no por quedar bien con el maestro. El chiste me pareció bueno; lo entendí a la primera, y a pesar del ambiente de rechazo, yo quedé satisfecho. Podría decir que aquí ya venía reafirmando mi gusto por la comedia inteligente.
Pero ¿que más me fue llevando a este tema de “pensar” los chistes?
Siempre fui un niño distinto, con gustos raros, muy diferentes, muy “nerds”. Yo era de esos niños que veían los noticieros en la tele, me sabia los nombres de los secretarios de estado, tanto de Mexico como de los gringos, y así otros tantos datos inútiles para cualquier niño “normal”. Siempre fui muy observador; como buen imitador, buscaba todos los detalles que me parecían resaltar la situación o persona. Lo visual se me dio bien desde un principio, era mi mejor sentido, con todo y que ya precisaba de mis gafas. Los temas de actualidad, de ciencia y sobre todo la música siempre llamaron me llamaron la atención.
También, mi exposición temprana a Les Luthiers, allá por los años setenta, fue otro detonante de esa chispa humorística. Les descubrí a mis escasos 8 años, y me cautivaron con esos argentinismos mezclados con un humor de lo más fino e inteligente que jamás se haya producido. Esto gracias a la vasta colección discográfica de mi hermano mayor, la cual yo escuchaba en repetidas ocasiones hasta el cansancio.
Otro factor que influyo en este gustito fue sin duda mi padre. Entender yuxtaposiciones y reglas de tres para el remate, que hablaban de temas políticos de actualidad fueron algo de su herencia. En ese entonces también me aficione a la caricatura, al cartón político de la sección editorial de los diarios. Si algo no entendía, se lo preguntaba a él, recibiendo una mezcla de respuesta precisa o alguna metáfora que me dejaba pensando más de lo que buscaba.
También llegaron Schulz y Quino. Sus tiras cómicas cargadas de una inteligencia asombrosa, que las llenaban de vida, de esa chispa audaz y picante en sus personajes, eran una delicia en el suplemento dominical de “monitos” en el diario o periódico como lo llamábamos en casa.
Mi afición por las tiras cómicas del periódico no se detenía aquí. En casa de mi abuela, recuerdo que mi mayor entretención era chutarme cualquier cantidad de revistas “Duda” y “Proceso”, pero no por sus contenidos de ovnis o política, sino por la parte final que incluía tiras cómicas, como la de “Booggie el Aceitoso” de Fontanarosa. Me volaban la cabeza esos modismos en inglés, el clásico “shit” con el cigarrillo en la boca y que ahora caigo en cuenta que seguro era un porro. Todo esto me hizo querer ser caricaturista, de estos del periódico que publicaban algo cada semana. No sabía bien como, ni era experto en dibujar, me defendía, pero yo les decía a mis jefes que eso es lo que quería ser cuando fuera grande, y si empezaba de una vez, mejor. Ellos solo sonreían y atinaban a decir “claro que si chiquitín”.
Después con el tiempo supe que, por ejemplo, Eduardo Galeano, como otros tantos escritores, tuvo sus comienzos como caricaturista bajo un seudónimo. Esto me pudo haber inspirado en algún momento, pero me baje del avión pensando que era demasiado tarde. Ahora me doy cuenta de que tener esos sentidos abiertos, junto con una mente amplia y flexible ayudan mucho.
Mi viejo tenía el diente incisivo superior lateral izquierdo un poco sumido (abro espacio aquí para las críticas de odontólogos), y esto hacía que el canino superior izquierdo sobresaliera más. Era “colmilludo” el viejo, literalmente. Curiosamente yo comparto esa cualidad; las herencias llegan de formas tan variadas. El caso es que nunca, o casi nunca mi papa dejaba asomar ese diente, salvo que se riera a carcajadas. Este fenómeno humorístico-dental sólo aparecía en ocasiones muy especiales: cuando veía una película de Cantinflas, con algún que otro cartón político de la sección editorial, y una muy específica, cuando le rompió un refractario a mi mama para recalentar unos chiles rellenos, poniéndolo directo al fuego de la estufa. Si el viejo hubiera tenido colmillo postizo, le habría brillado como a Pedro Navajas.