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21 abril 2021

Un piso “como el agua” y “destruyendo hoteles”

 

No sabia por donde empezar.  Después de mil videos instructivos en YouTube y de trazos mentales, empecé por el principio:  la esquina más alejada.

Y es aquí donde comenzó mi idilio con la música de ese par de flacos:  Charly y el Camarón.  

Comencé de esa manera ensamblando todo el piso de mi nueva casa; con mucho cuidado, como con mucho cariño mientras usaba el martillo de goma para terminar de unir perfectamente esas tablas, mientras Charly me contaba como pasaba el tiempo destruyendo hoteles. 

Me encontraba contando tablones y haciendo cálculos con las medidas, al mismo tiempo que descubría que Pedro Aznar participaba de “Tu Amor” con Charly García.  Al primero lo descubrí gracias a Filio, al segundo ya lo conocía de tiempo antes.  Luego me mortificaba el darme cuenta con la lentitud que mi obra se movía, pero me regocijaba escuchar que no voy en tren, voy en avión.  Es así como me decidía aventarme dos o tres hileras extras de tablones laminados, total, tenía muy buena compañía.

Y así fue durante todos esos días, durante todo ese proyecto, que cabe mencionar me dolió solo físicamente, sobre todo a mis maltrechas rodillas futboleras.  Porque a mi alma, a esa la alimentaba con toda esa nueva experiencia, esos colores artificiales de caoba, y esos olores de madera prensada.  Y esa música, esas letras que parecían darme un mensaje de esperanza cuando quise abandonar mi tarea en mas de una ocasión.  El dolor de mis rodillas parecía hacerle coro a las seguiriyas de Camarón.  Cuando llegaba “como el agua” a mis odios, mis manos buscaban la botella como por embrujo – hora de un break. 

Mis ropas “de talacha” toda maltrecha y maloliente me parecían muy ad hoc cuando escuchaba a Camarón decir que se partía su camisita.  Al menos la mía seguía en una sola pieza todavía.  Pero también tenia tiempo para maldecir mi suerte.  Gracias a ese trastorno obsesivo compulsivo que me hacía buscar la perfección en las uniones de los tablones y en las esquinas del piso, mis rodillas lloraban como el cante de Camarón.  Pero luego llegaba de nuevo Charly y me decía “rezo por vos”; no me quedaba otra que seguir en la labor.  Ni modo, “sin llorar” como decimos por acá.

Y así entre rola y rola termine el piso, completita quedo la casa y contentita quedo mi señora, o al menos eso creo.  Al final de cuentas salí ganando mucho, y me sentí afortunado.  Me ahorré montones de dinero en aventarme yo mismo la tarea a lo DIY, aprendí mucho de la instalación de los pisos laminados, el scrap (desperdicio) fue mínimo, mi casa estuvo mucho mas cerca de estar lista pero lo mejor, me hice fan de Charly García y de Camarón de la Isla.  Ahora cuando los escucho de nuevo, es imposible alejar de mis sentidos el olor de la madera falsa, el polvo, dolores de rodilla, pero también esa alegría de corazón, esa satisfacción de haber logrado algo con mis propias manos. ¡Win-win!

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11 abril 2018

Ilusiones Pasajeras



La realidad hoy en día se pone en duda, en todas partes, en todos los aspectos.  Esa saturación de realidad virtual y esa explosión de redes sociales nos hacen cada día más difícil la tarea de diferenciar entre lo que es real y lo que es una ilusión.  Ese es el propósito de dichas herramientas, pero, ¿o nos muestran una desviación de la realidad existente o más bien nos destapan una realidad que no queremos ver?  Sobre todo cuando se trata del tema de la amistad.  Pensamos que contactos es igual a amistades, “likes” es igual a interacciones, a aceptación, a cariño verdadero.  Pero no es así, todo eso es solo una ilusión, una imagen pintada de una realidad mucho más cruenta y que nos reusamos a ver, pero que más aun, nos reusamos a aceptar.  Nos gusta vivir engañados, y cuando llega la desilusión, el golpe es mas duro.

En redes todos somos muy valientes, muy cariñosos, muy amigos, muy populares, muy chingones; el modelo más cercano a una cuasi perfección.  Y cuando se trata de amistad pues ¡ni se diga! Y buscamos tener el mayor número de contactos o “amistades” en tal o cual red; entre más tengamos, mejores seremos.  Y lo peor del caso es que nos creemos esa mentira, y sentimos que somos re amigueros, populares y aceptados por muchísima gente.  Pero en el fondo sabemos que no es así, que a la mayoría de esos contactos ni los conocemos en persona, o tenemos años que no los vemos, y ni si quiera nos agradaban cuando se sentaban a dos filas de la tuya en aquel salón oscuro de la escuela secundaria.  Pero hay que alimentar a la ilusión, agregar contactos y dar muchos likes.  Porque a mayor número de likes otorgados, mayor la probabilidad de que sean los likes recibidos.  Y la remuneración es inmediata, me siento “in” y tengo ya mi dosis de validación por esa hora, o quizás minuto, dependiendo que tan atrofiada este mi atención.

Me pregunto qué pasaría si invitase a alguno de esos contactos a tener una interacción en el plano real, compartir un café, una cerveza o un té orgánico, lo que sea con tal de tener una buena platica y comparar ideas más allá de un meme o de un video pendejo.  La respuesta la tengo, pero me niego a buscarla, más que nada a aceptarla.  Y es por eso que preferimos quedarnos así, en esa ilusión de amistad.  SI la misma interacción real no es garantía de amistad, ya sea en el trabajo, en la escuela, en donde sea que tengamos esa falsa relación de casualidad, de interés, ahora en el mundo virtual las probabilidades descienden aún más de encontrar sentimientos verdaderos.

A veces, para tratar de darle sentido a la maraña de sensaciones, me gusta metaforizar la vida y sus interacciones personales con un simple viaje en tren, “el subte”, “el metro” o como le quieran llamar.  Un tren que da vueltas y a veces pasa por las mismas estaciones, o a veces cambia de ruta.  Y suben y bajan muchas personas por cada estación a lo largo del viaje.  El carro en el que viajas es tu momento presente, tu círculo cercano.  Las estaciones son etapas de tu vida.  Y en la estación Universidad suben muchos, algunos se quedan en la otra orilla del carro.  Los ves a la distancia, los saludas asintiendo con tu cabeza, recibes respuesta de algunos, pero de otros no, inclusive una mala mueca te llevas.  Con algunos hasta juegas cartas y platicas a carcajadas, beben de todo, comparten de todo mientras dura el viaje.  Luego en la estación Obrera, bajan unos y suben otros cuantos.  La historia pareciera repetirse.  Y aquellos con los que conviviste de cerca durante parte del viaje te duele dejarlos en tal o cual estación.  ¡Ni modo, tenían otro destino!  Y te dices esto mientras los ves hacerse más chiquitos por la ventana hasta que el tren da alguna vuelta y desaparecen por completo. 

Y es probable que a algunos de ellos te los vuelvas a encontrar en otras estaciones más adelante, pero la situación es diferente, ya no hay lugar cerca de ti, los ves de lejos, asientes con la mirada, con suerte hay respuesta, muchas veces solo hay un teléfono celular de por medio bloqueando la interacción.  Y los ves bajar de nuevo, y en veces ni cuenta te das que ya se bajaron solo después de que el tren prosigue su marcha.  Hay algunos, muy pocos, que se van a quedar contigo durante todo o casi todo el viaje.  Y para esos hay pocos lugares, como esos asientos dobles orientados frente a frente.  Son pocos pero locos, ¡son tus locos!  Los demás son casualidades, ya sea porque les toco la misma ruta, o porque necesitaban cambio y te pidieron prestado, y si tal vez se quedaron durante alguna estación, pero no más.

Habrá aquellos que se queden contigo hasta la penúltima estación, y querrán seguir, pero tienen que transbordar, es otra su estación final, siempre lo es. Y ya al final, te encuentras tu solo en ese vagón, sin más luz que la que alcanza a entrar por las ventanas mientras el tren se sigue moviendo.  Y en esta estación si te la rifas solo, porque así tiene que ser.  Y tal vez te des tiempo para meditar un poco acerca del recorrido y las estaciones, y la gente que subió y bajo, y lo que aprendiste, si es que algo te quedo.  Entonces podrás echarte a reír y a llorar mientras revives todo aquello en cuestión de segundos.  Y después, se acabó el viaje.


Así es la vida ¿o no?
Unos suben, otros bajan, “ay que chido la pasamos”, “eres muy especial”, “no tienes idea cuanto te quiero”, y luego se bajan y ¡tan tan!  Y tal vez los volvamos a ver a la distancia, y nos alegremos y también nos duela, pero el tren sigue su marcha, no se detiene por nadie una vez que esta en movimiento hasta llegar a su estación final.  Such is life!
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14 enero 2016

Pues no me la saqué


Había cierto “algo” en el ambiente que hasta el aire respirado se sentía más pesado.  No tarde mucho tiempo en averiguarlo.  La pesadumbre de todos los días se hacía mayúscula con la noticia del día.  De entre tanta basura que publican los diarios como notas principales, la de hoy pesaba más que cualquier juicio moral, política exterior, candidato vociferante, deterioro económico, despanzurre indiscriminado (entiéndase guerra):  Hubo tres boletos ganadores del sorteo de la lotería “Powerball” en el gabacho, con premio multimillonario record; pero el ganador no fui yo.

Esta última frase casi se podía leer en las mentes de todos los automovilistas, pasajeros del bus, trabajadores, transeúntes y demás personas, y sin necesidad de ser adivino, mentalista u otra charlatanería de esas.  La plática está en todas partes.  En la radio, hasta los programas deportivos hablaban del tema – “…y a que evento deportivo iría usted si se hubiese ganado el Powerball?” – y los gabachos, ¡ni se diga!

Uno de los tantos “memes” que ahora son ya carteros de moralejas, leía en su mensaje, semejando a un boleto de lotería y desplegando palabras en vez de números, y resumiendo la sensación colectiva: “debes-de-volver-al-trabajo”.  Un misterio total es la psique del ser humano, que nos lleva en ocasiones a una fuerza desmedida frente a la adversidad, a conquistas inimaginables en todos los planos y por otra parte no dejamos de ser tan soñadores, y uno de esos sueños, es el de algún día abandonar la famosa “rat race” o carrera de ratas de laboratorio, ganándonos el premio mayor de la lotería. 


Una carrera de ratas, analogía extraña y certera de lo que hoy en día conocemos como trabajo u ocupación, ganarse la vida, el pan con el sudor de la frente, corretear la chuleta.  Ya sea para engrosar la billetera de alguien más, o para la ilusión de engordar la propia en el mundo emprendedor, formal o informal, en esta vida como la conocemos, tenemos que andar en esa carrera; así nos hacen, así nos forman.  Y de lo que nos gusta, de lo que en realidad amas, para lo que si soy bueno… eso debe esperar - ¿Para cuándo? – para otra vida será… Por lo pronto tenemos que seguir corriendo, sin llegar a ninguna parte ¡Ah!  Pero eso sí, sin llegar tarde;  viviendo de la ilusión, corriendo del trabajo a la casa y viceversa en nuestras cajas metálicas con rueditas, reprimiendo nuestros anhelos, ilusiones y sueños, hasta el próximo sorteo….
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29 noviembre 2011

Dream # 4 or My life as a security guard


Here I stand every morning, greeting all these employees with a pseudo military salute, maybe not with a burst of enthusiasm but with a smile than can carry on for a while. Similar to the mail man, rain or shine, we stand our ground and sit and watch, drink coffee, lots of it, change guard, change post, smile and wave, and protect…from what? I don’t have a clue, but we protect; at least that’s what our contract says, and it is fine with me.

Whether is dark or bright, I wake up every morning to the smell of fresh coffee, thanks to my programmable coffee maker. I have to admit that such modern treasure has make my life easier, that and my old fashioned, flip cell phone; and that is all the technology I can handle, I guess my brain is somehow old fashioned, but I survived a war, I can survive this.

And off we go every morning, me and my old revolver, to protect and serve those turkeys to whom me and my buddies are invisible, just like ornaments, taken for granted. We endure the harsh climate and long boring hours but no one seems to care, because we are supposed to be there and that’s all. And I am still fine with that.

When my duty is over, off we go again, back to that little place I sympathetically call home; a ten-something by twenty-something feet room that holds just the necessary things I need to live: a kitchen, a table, two chairs, a small fridge, a small and old microwave oven that sometimes the buttons don’t work, an old couch (and sometimes smelly), a small bed, an old tube TV, a live bamboo stick in the corner and an aquatic turtle that I recently got from my kids. At least I have two more living things with me so that I don’t feel lonely, even tough both of them can’t talk, but at least I know they are alive, I guess.

Nighttime is so different at my own world; they go by faster and better with some Jack Daniels, or whatever the paycheck can afford. I’m not going to lie; I do miss the nights with a nice steak and Glenlivet while staring at the fireplace until falling asleep. Now is some shitty liquor and peanuts, with a little luck.

And just sometimes, like tonight, my old world comes out to haunt me with a vengeance and make me feel two-foot small. My decisions fly in front of me like a nice illusionist special effect, laughing at me and specially, feeling sorry for me, and they make sure they deliver the message, a message I cannot take any longer… and that’s when my good old friends Smith and Wesson smile at me with that shiny teeth and dark mouth hole. There sure is light at the end of that tunnel, a big “bang” light…
And I am still fine with that...
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20 septiembre 2011

La maquina devoradora de sueños


De nuevo llevo tiempo sin recordar nada de lo que sueño, ya se me esta haciendo costumbre. Cual deporte extremo, cada noche preparo mi mente, con mi ultimo pensamiento, para preparar el ambiente propicio para los sueños, pero de nuevo, el intento es fallido. A la mañana siguiente, la mente esta en blanco y con un cansancio excesivo por el esfuerzo de levantarse a comenzar un nuevo día. Aparte de no recordar los sueños, es como si no recordara que de alguna manera descanse… se me olvida por completo y la somnolencia se hace presente.

Es como si tuviera una maquina devoradora de sueños al lado mió, que cada noche, en cuanto emprendo el viaje al mundo onírico, dicha maquinita se prende y comienza a tender sus redes, pero es mañosa, pues engaña a mis sueños de tal manera que, estos piensan que triunfantemente, conforme pasa la noche y se van desarrollando, van a llegar a un final feliz y sobre todo, a ser plasmados en mente y muy probablemente también en papel para ser inmortalizados. Pero no es así, la trampa esta al final, casi en la meta, antes de llegar, la maquina levanta su red, atrapa los sueños y se los devora cual aspiradora automática de cuatro caballos de fuerza.

Y al despertar, de nuevo estoy solo, yo sin mis sueños, o bueno, con un acompañante ya familiar: el cansancio. Y lo voy arrastrando durante el día; con sueño y sin sueños, que ironía. Al menos la maquinita imaginaria esa no atrapa los sueños de vida, de proyectos o de ilusiones… ¿o será que la muy hija de puta también me engaña a mi haciéndome creer que solo se roba los de la noche, los de la mente y subconsciente y en realidad viene por los míos? Donde la atrape…. Creo que pondré el despertador para tenderle yo una trampa… una noche de estas….
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29 agosto 2011

De rituales, modas y mochilas


Había de todo como en botica: los había con café late en mano, ya sea en su envase ecológico original de la conocida transnacional de la sirenita verde o los que llevaban su contenedor de acero inoxidable. Y no faltaron las emperifolladas, algunas de traje sastre, otras de faldas impías (¡válgame la Virgen de Covadonga!) muy impías. Los trajeados (solo les falto su tren subterráneo) y los casuales, en mezclilla o en pantalones de explorador. Hasta la elite deportiva se dio cita, los y las hubo en sus mini shorts maratonistas, las de sus pantaloncillos de yoga y los de los conjuntos deportivos tan viejos que el material pareciera hecho de las bolsas anti-ecológicas del supermercado.

Y a la distancia me detengo unos segundos a observar el ritual anual de los padres de dejar a los críos en el primer día de clases. Pero yo iba en mi modo multitasking, cosa que no se me da, especie en vías de extinción y que apenas si se detiene a socializar con las ya mencionadas especies. Yo trataba de partirme en tres (ya no se si en partes iguales o no, que mas daba) para despachar, acomodar y desparramar a mis tres enanos en sus respectivas filas de salón de clases. Por un momento un rayito de luz ilumino mi cacahuatito de materia gris y opte por dejar a los dos mas grandes que buscaran solos su fila mientras me concentraba con el pequeño (si les digo el chico me alburean) en encontrar su fila – divide y vencerás - reza el dicho.

Así que cual la tortuga Crush, me dispuse a aventar a mis enanos al ruedo escolar con la pura bendición, pero ¡Oh sorpresa! El más pequeño me reparaba como caballo y no quería ni formarse ni avanzar ni seguir a sus compañeros, y no era su primer año en la escuela. A todos nos llega algún momento de ansiedad en los segundos previos, y el no fue la excepción. Como pude le explique y a regañadientes y casi empujones lo lleve hasta su salón. Ya estando ahí, lo vi entrar en confianza lentamente, pero me quede un poco más tranquilo. Caso raro, al menos para mí, pues nunca me había pasado con ninguno de los enanos, siempre habían entrado gustosos en su primer día de escuela, pero bueno, tiene que haber de todo para enriquecer la experiencia y las historias por contar.

Y en esta ocasión, por fin logre mi tan anhelada idea de ilustrar (si así se le puede llamar a mis resultados) cada post o al menos los que el tema lo permita. Esto es un proyecto/sueño que he tenido casi desde que inicie mi blog y vuelvo a retomar con nuevos bríos como una asignatura pendiente de vida que tengo: el dibujo. Quiero dar las gracias a mi ahora maestra en este arte y gran amiga bloguera Majana por su valiosísima colaboración, aportación y motivación para ir avanzando en este proyecto. Mi mas sincero y eterno agradecimiento.

Veamos que nos depara el camino, en historias y dibujos….
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29 mayo 2011

De acentos y paciencia


Sus ojos azules y su acento marcado delataban su origen extranjero.
Sus ganas, determinación y sonrisa delataban su calidad de persona.
Gente molesta haciendo fila, esperando turno, renegando de su ineptitud.
Ella con una sonrisa amable y una historia lista para contar aligeraba la espera.

Es increíble como un momento con el potencial de convertirse en algo muy estresante pudo dar un giro de ciento ochenta grados hacia una experiencia de aprendizaje.

Su nombre: Danielle, su oficio: cajera. Se notaba a leguas que no tenia mucha experiencia; pareciera que todo le salía mal ese día. La fila de clientes seguía creciendo pero ella con una extraña paciencia seguía tratando de hacer lo que mejor podía pero siempre con calma, para unos desesperante, para mí fue muy tranquilizante.

Y llego mi turno y llego su historia. Gracias a un producto abandonado por el cliente anterior salio una platica muy fructífera, pero sobre todo una lección de paciencia, de ganas y tesón por enfrentar la vida, por buscar una oportunidad y ya estando ahí luchar por conservarla.

Imagine muchas cosas de Danielle; no se cocía al primer hervor, pero se notaban las ganas de estar ahí. Que tanto pudiera ir cargando aquella mujer para llegar a un país que no era el suyo, buscar un trabajo, una oportunidad, y lograrlo, como fuera pero lograrlo, tal vez buscando un futuro mejor, o un mejor ingreso, que se yo, todos los inmigrantes tienen su historia y ella no era la excepción.

Sin problemas pasamos su “aduana” y con una sonrisa medio apagada me dio su “gracias”, mientras que mi respuesta fue con una sonrisa genuina gracias a esa lección de paciencia y control ante la adversidad y clientes de muy mal humor que acababa de aprender. Aquella mañana fue una combinación de muchas cosas, desayuno, excelente compañía, tiendas departamentales y aquella señora que con un acento muy especial me hizo aprender algo más de la paciencia…
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20 marzo 2011

Un poco de grasa


Dar vueltas en su cama se estaba convirtiendo en una práctica común. Cual si fuera charal en aceite hirviendo, brincaba de un lado para otro de ese viejo colchón sin poder conciliar el sueño. Sentía que se ahogaba mientras las cuatro paredes y el techo se le venían todos juntos como un derrumbe de terremoto y de pronto, su mente se detuvo en un recuerdo, en una actividad que siempre solía darle tiempo de pensar en soledad, de reflexionar y de lustrar; darle grasa a sus zapatos.

Paco se puso de pie, no importaba que fueran las 3:38 de la madrugada, tenia que aplicar la terapia para calmar sus ansias, para pensar, mientras trataba de sacar brillo a aquellos zapatones viejos, como si de pasada pudiera sacarle brillo también a su alma apagada y gris.

Con periódicos viejos tendidos en el piso, comenzaba el ceremonial. Primero limpieza profunda con un cepillo de dientes de cerdas suaves y un poco de jabón de calabaza; no mucha agua pero si que hiciera espuma. Un trapo húmedo para retirar el jabón y una pasada con cepillo neutro para eliminar los últimos residuos. Mientras tanto, pensaba en todo lo que no había podido limpiar, lo que no había podido hacer, lo que lo tenia así en ese cuarto… cuantas cepilladas necesitaría para eliminar todos esos residuos, tal vez mas que las aplicadas a un par de zapatos.

Luego venia la ceremonia del fuego. A la lata abierta de grasa negra, Paco le aplicaba fuego hasta que hiciera una pequeña llama, dejándola por unos cuantos segundos antes de sofocarla. Eso dejaba la grasa derretida y lista para ser aplicada con mayor facilidad. Luego se amarraba un trapo como momificando su dedo índice y medio, y pasándolo por la grasa derretida y por unas gotitas de agua, comenzaba a frotar los zapatos en infinidad de círculos. El proceso se repetía y la mente de Paco seguía vagando, como si los círculos lo llevaran a otras etapas de su vida; lo regresaran tratando de recordar lo que había sucedido, tratando de encontrar la razón. Pero la razón ya no bastaba, era como buscar culpables, y eso no le solucionaba nada. Era como pensar con que o como es que se habían ensuciado esos zapatos, cosa que no los iba a limpiar. Así que mientras sacaba brillo a esos zapatos viejos intentaba sacarle brillo a su mente, despejarla, pero no encontraba luz; era como si la grasa negra le tapara toda la vista a la luz, y por más que le frotara en minuciosos círculos y con agua, el brillo no llegaba.

Cuando menos se dio cuenta, los zapatos estaban listos, una ultima cepillada con ese cepillo especial de cerdas delicadas y ¡voila! – habían quedado como nuevos, brillantes, relucientes, como en antaño, listos para inspección, formación, en línea, etc. Y mientras los acomodaba con mucho cuidado en el armario, junto a su antiguo uniforme, decidía pues que esa seria la ultima vez que lo portaría, la ultima vez que lustraba sus zapatos… y así como nada le daban las cinco con quince, hora de despertar…
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10 marzo 2011

Mientras llega el retiro

De nuevo tocando otros temas, que siempre hacen falta para refrescar la perspectiva. Como bien es sabido soy un ávido fanático, hincha, amante del fútbol y hasta que puedo (o pude) lo practico y lo practicare, aunque en los últimos meses por cuestiones de salud he tenido que dejar esa practica tan solemne y dominguera, con el dolor de mi alma pues dicha practica si que es toda una catarsis como ya lo he expresado en este espacio en algunas ocasiones.

Pero no me iba a quedar de brazos cruzados, así que uno de estos Domingos, después de algún tiempo de abandono debido a la lucha interna contra mi estado depresivo a causa de mi ausencia de las canchas, entre otras cosas, decidí hacer una visita a mis compañeros de locura, y me presente una mañana, café en una mano, camarita de video en la otra, y me dispuse a disfrutar del momento.

Fue una sensación extraña el no estar ahí dando de patadas a “la bocha”. Mi inercia me movía a gritar vivas e improperios ante las jugadas de mis compañeros. Cabe mencionar que el recibimiento fue muy grato, me sentí bien, me sentí pertenecer, y me di cuenta que de alguna manera u otra puedo seguir en esto, aunque no sea pateando y corriendo.

Ya después me puse a revisar lo que capte con la cámara de video; una Kodak playsport camcorder, camarita portátil muy practica, con resolución de alta definición y que al parecer si tiene zoom pero nunca se lo pude encontrar. La cosa es que platicando con alguien decidí intentar hacer un video, algo tal vez convencional pero diferente, que se yo, algo que a mis locos futboleros compañeros les gustara y les motivara. Y de ese momento nació la idea y puse manos a la obra y de ahí surgió este video. Cabe mencionar que es un experimento pues no soy un experto, ni siquiera un conocedor aficionado en la materia, pero me gustó mucho, me apasionó y me motivó bastante, pues siempre he sido un admirador de este tipo de arte visual.

Quiero agradecer a mi querida amiga Majana por su gran apoyo moral, motivacional, pero sobre todo por su asistencia técnica en la producción de este video. Gracias totales Ale por ser parte de esto :)

Y bueno, aquí lo tienen, algo de lo que pude percibir en un domingo de cascarita futbolera, con un toque convencional y otro más personal a la vez. Y si, el narrador con acento sudamericano desconocido soy yo.

Espero les agrade, se aceptan todo tipo de criticas…

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08 febrero 2011

Soñé que felpaba


Nunca jamás de sueños recurrentes, ni de sueños simples ni de sueño alguno, y este me vino a mover todo el esqueleto, casi literalmente. Soñé que felpaba, entregaba el equipo, salía con los tenis por delante, que me iba al último viaje… soñé que moría.

Ahí estaba, arrinconado en mi cama en posición fetal; me había quedado dormidito como la abuela, para muchos la mejor muerte: quedar en el sueño, pero muerte al fin y al cabo.

Sorprendidos todos ante el acontecimiento, me preparaban y me velaban “como Dios manda”. Y me rezaban rosarios, y desfiles de personajes ataviados de negro; los abrazos, el café, los chistes, porque no podían faltar los chistes, siempre fui un payaso, que mejor honor.

Y me entraba una sensación de escalofrió, mas calida que helada he de decir, y mientras el calorcito recorría todo mi cuerpo, el miedo se iba a apoderando de mi subconsciente poco a poco. Ni para donde correr, era el único espectador de aquella escena dantesca cual Mister Scrooge visitando al fantasma del futuro, o del presente, o una mezcla de todos. Y la escena me aterraba.

Pero después descubrí que el miedo no era a la muerte misma, sino a la infinidad de cosas que dejaba inconclusas: proyectos, canciones, voces, letras, yougurts, farras, abrazos, besos, holas y adioses, caminos sin recorrer… y eso me daba más miedo que cualquier otra cosa. No era el momento, no aun, tenia tantos pendientes…

Y el tiempo de la frase cambió cuando me desperté de golpe, agitado y entre gotas de sudor frío: no “es” el momento, “tengo” tantos pendientes….
No se que tanto me mueva o conmueva toda esta novela onírica, pero creo que es hora de acelerar el paso y seguir tachando cosas de esa lista de pendientes, antes de que salga por la puerta con los tenis por delante o sin tenis de lo repentino del momento, con sueño o sin sueño… mejor alcanzo los míos.
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28 enero 2011

Un ensayo perfecto, volumen IV


El instante era el apropiado, había que culpar a la luna por su brillantez y esplendor; la noche serena y fría, y unas cuantas nubes esparcidas eran el marco perfecto.

El solo sabía que era “ahora o nunca”, y así lo hizo. Le tomo el rostro con sus manos, y la guió lentamente hacia el, hasta que la tuvo lo suficientemente cerca, y sin pensarlo mas, unió lentamente sus labios con los de ella. Comenzó con ternura, y poco a poco se fueron llevando hasta sentir como todo iba tomando su lugar. Alrededor no existía nada en esos momentos; era como si todo hubiera desaparecido, ni ruido, ni transeúntes, ni autos ni sirenas ni vendedores, nada, eran solo ella y el, y sus bocas explorándose, buscándose, regocijándose el uno con el otro en ese momento perfecto. Todo encajaba perfecto, es como si se hubieran pertenecido siempre. El sabor de sus labios era simplemente perfecto, un néctar exquisito del cual requería probar mas, pero con la mesura adecuada para no acabárselo de golpe. No había prisa, todo a su debido tiempo y ritmo; había que disfrutarlo. Al cabo de unos momentos que parecieron eternos, sus labios dieron tregua para fundirse después en un abrazo eterno, fuerte, de corazones unidos en un solo latido, de pensar, imaginar, planear, compartir, pero en silencio, todo esto en el lenguaje de los brazos, y miradas eternas y quietas, manos que se unen, dedos delineando rostros, caricias tiernas, escalofríos y sonrisas cómplices.

Si, tal vez debería de culpar a la luna, porque si me culpara a mi mismo, con gusto purgaría mi condena, porque seria culpable de principio a fin, y no me arrepentiría en lo absoluto; al contrario, seria un ladrón reincidente…
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17 enero 2011

Bitácoras inconclusas ver 1.1


Hurgando por ahí en algunas hojas perdidas, me encontré un intento de bitácora de viaje, el cual pareciera no tener un orden, pero curiosamente el sentimiento esta plasmado, y lo entiendo como si fuera ayer:

Jueves - comienzo en desorden para no variar. Cansado hasta el cansancio mismo. Divertido, luego no tanto, pero contento al final. Jamás pensé que un musical de Finding Nemo estuviera tan espectacular y me conmoviera hasta las lágrimas… ¿Qué es lo que pasa conmigo? A veces reniego de ser así, pero bueno, debo de terminar por aceptarme.
La faena terminó temprano, un poco de descanso, luego mas caminar, buscar souvenirs, encontrar mas señales, mas caminar, mas regresar, mas dormir…

Y jamás regrese a terminarla. ¿Por qué? No lo se… simplemente no pude terminarla, pero creo que así esta mejor. El antes y el después lo dejo al aire, a la suerte, al tiempo, y ya veremos que pasa. Por ahí seguirán saliendo mas bitácoras inconclusas y las seguiremos analizando…
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22 diciembre 2010

Pequeños eslabones de luz tenue


Como todo un buen grinch de la época, me disponía a espetar toda clase de improperios en contra de los festejos, la música, las aglomeraciones en las tiendas y todo eso que adorna cuanto te rodea por estas fechas navideñas. Ideas sobraron y fueron plasmadas, mas no publicadas, tal vez no hoy, tal vez mas adelante, tal vez nunca. Pero algo sucedió en el camino que me hizo desistir y cambiar un poco la perspectiva; algo me hizo creer, algo me hizo llorar y me hizo intentar de nuevo.

No fue ninguna revelación milagrosa, fue un hecho simple y real: la sonrisa de un niño. Y en ese chiquillo me vi reflejado unos años atrás, cuando junto a mi hermana correteaba ilusiones y las buscaba bajo un árbol de navidad viejo y color plata, en aquella gran sala de pisos de madera, rechinando mientras paseábamos en nuestros triciclos ahí adentro, ante la mirada inquisidora de mi madre y la postura pasiva, permisiva y relajada de mi viejo en su sillón de siempre mientras leía “El Fronterizo”.

Y de ahí me voy siguiendo, lo que me dio por llamar “pequeños eslabones de luz tenue”, hacia aquellos momentos en los que fueron llegando otros chiquillos a casa e igual buscaban ilusiones debajo de un árbol ya mas frondoso y verde, y que compartía con ellos, aun que ya no me gustaran los juguetes: mis queridos sobrinos, mis ensayos de no-hermanitos menores o de los enanos propios por venir.

O aquellas Noches Buenas de adolescencia donde salía después de cenar a las casas de mis amigos, y hacíamos una especie de tour navideño, degustando de todo un poco a cada casa que íbamos, repartiendo abrazos, conociendo primas ajenas (a la prima se le arrima) pero siempre sintiéndonos bienvenidos en todos esos hogares. En esos momentos no exista el fuera de lugar ni en el fútbol. Y que decir de aquella pre-cena navideña un veintitrés en un Whataburger a las cuatro de la mañana, cargándonos un buen pedo después del tour de las luces y varios “seises” de cerveza barata y Mickey’s Malt Liquor. Tal vez no una lección de civismo y buenas costumbres pero fue bastante divertido.

Y así podría seguir enumerando ocasiones en las que reí a carcajadas en esas fechas y si, lo acepto, fui feliz cual pavo vivo después del Día de Acción de Gracias. Independientemente del valor religioso que cada quien le de a esta época (yo tengo uno), muy valido por cierto, es aquí cuando me llega ese pequeño hilo de luz al final de la cadena de eslabones y creo… si, dije “creo”, que el verdadero milagro de la Navidad es ese: el amor incondicional sin afán de demostrar, una amistad sincera, un abrazo en cada hogar, una sonrisa, una risa a carcajada abierta y en complicidad. Habrá que sacar cada quien mas historias de estas y reciclarlas a partir de ahora, en el presente, y haber que sale.

Listo, creo que después de todo no soy un grinch como pensaba.

¡Felices Fiestas a todos! Mis mejores deseos y, habrá que creer….
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13 diciembre 2010

Reflejos retrovisores


Ahí estaba ella, su imagen reflejada por el espejo retrovisor del auto, mientras él emprendía su marcha. La distancia comenzaba a sumar y aquella imagen se hacia lentamente mas pequeña. Poca era la distancia recorrida y ya le desgarraba el alma, como si fuese dejando un rastro de sangre lenta, espesa y roja detrás de su auto. La herida se abría al momento en que la incertidumbre entraba por la puerta, ignorando cuando la volvería a ver. De lo único que estaba seguro era del momento que acababa de pasar junto a ella, en inolvidable entorno, como de ensueño, de alguna historia cautivante, publicable o prohibida. Pero el tiempo siempre apremia, los relojes desgraciadamente marcan horas, que a veces duelen por su significado; para unos las doce podrán significar la gloria, para otros el infierno, quien le manda marcar horas a esos malditos artefactos. El auto seguía su marcha, la distancia seguía sumando y la imagen era ahora casi inteligible, un pequeño manchón en aquel rectángulo – si no supiera que ese puntito es ella me volvería mas loco - se decía a si mismo mientras esperaba la luz verde del semáforo. ¿Qué se supone que debía sentir en ese momento? Mejor aun, ¿Qué se supone que debía hacer en ese instante? Ironías de la vida, que pasan de un instante sublime a un instante amargo, como son las despedidas, por eso él las odiaba, las evitaba, como lo acababa de hacer minutos antes de comenzar a monitorear aquel punto en su retrovisor como si fuera un radar de navegación aérea. Los sentimientos son extraños, como extraña es la vida cuando te presenta situaciones que no sabes descifrar entre oportunidades o escaparates. ¿No sabes o no quieres? Cada quien sabe la respuesta porque ambas posibilidades son validas, inclusive una tercera, o cuarta, o quinta, las que fueran. Y como todo, no puede durar para siempre, el instante se acaba al doblar con su auto la esquina y con ello hacer que el puntito desaparezca del retrovisor...
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07 diciembre 2010

El colero del recreo


Todos los recreos era lo mismo: ir a hacer fila a empujones para poder comprar cualquier chuchería en el puestecito de lamina (con anuncios de coca-cola) y eso si corrías con suerte de llegar a tiempo sin ser aplastado por los mas grandes, o en su defecto, llegar a tiempo para el armado de la cascarita del deporte en turno.

Y es aquí donde viene mi trauma mas grande, pues siempre era el ultimo, el colero, el que aunque llegara a tiempo, era escogido hasta el final, como premio de consolación o en el peor de los casos, me dejaban “para la otra” pues los equipos ya estaban en igual cantidad de jugadores y por lo tanto salía sobrando.

La sensación hervía la sangre en el momento pero, no se les podía culpar a los capitanes de tan drástica decisión, casi como cuando Menotti dejo a Maradona fuera del mundial del 78 por ser muy pibe; yo era una calamidad para cualquier actividad que exigiera la mas mínima destreza neuro-motora.

Todo deporte que intenté, el resultado fue un desastre. El típico jueguito de béisbol improvisado con una tabla o hasta una rama de árbol como bat y pelota de tenis; tan malo era que aun bateando con la mano me ponchaba, y si de “fildear” la bola se trataba, no cachaba ni fiado. El fútbol no era distinto, o abanicaba la pelota o le pegaba al piso, que no era mas que un llano de tierra, piedras y escombros estratégicamente desparramados para joder codos y rodillas y por ende romper pantalones y camisas y dejarlas en condiciones que aunque en mi caso fueran casi impecables, todavía merecían una buena puteada por parte de mi sacrosanta madre. El basket ni para que lo cuento, jamás de los jamases se me dio, nunca llegaba la pelota ni al tablero, mucho menos al aro, y eso sin contar con que si no era el enano en turno del salón, pues andaba dos o tres lugares arriba pero no dejaba de ser pequeño y enclenque.

Ni a las canicas le pegaba. Si un día me atrevía a llevar unas cuantas de mi corta colección, segurito me “lucaban”, como solían decir los ases del barrio para referirse a la limpia total de mis posesiones esféricas y cristalinas. Tan descoordinado era que, en una ocasión, quede fuera del proceso de selección de participantes para el clásico numero de baile para el Día de las Madres, porque nomás no me salía un mentado pasito que era como una mezcla entre el Moonwalk de Michael Jackson y un “zapatellele” del Piporro. Lo intenté durante lo que parecieron horas y después de varios resbalones, las coreógrafas (que no eran otras que las hijas adolescentes de la maestra de tercero) desistieron, así que para tristeza de mi jefecita, ese año solo participé tras bambalinas. Lo dicho por Ariel Rot, “los tipos duros no bailan, un tonto puede aprender”.

La alternativa natural a todas las calamidades antes expuestas era la de correr derechito al puesto de mugres para ver que golosina alcanzaba. Siempre luchando entre la multitud de gordos, niñas con trenzas y los gorilas de sexto año, que por cierto, siempre me dio la impresión de verlos demasiado grandes, algunos hasta con barba cerrada y cara de matones, y cuando yo llegue a sexto, no estaba ni demasiado grande, ni mataba una mosca y el único lugar donde tenia pelo era en la cabeza, todo arriba de las orejas, sin contar cejas ni pestañas. Pero hasta en el puesto era el último pues al llegar mi turno solo alcanzaba las sobras, un chicle “totito” mas duro que una piedra, o tostadas con chile trituradas, de las de “mero abajo”. Lo dicho, siempre fui el colero del recreo…
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17 noviembre 2010

Corriendo corriendito


Ahí vamos apresurados por las calles, todos esos que nos diferenciamos de las demás especies animales por ser “pensantes”, los homo sapiens; y sin pensarlo, vamos atropellando cuanto sapiens y no-sapiens se atraviesa en nuestro camino.

Y es que no hay tiempo, todo es “ya” o inclusive era para ayer - Te gano dos pasos, te rebaso en el siguiente semáforo y si no al menos te llevas un souvenir (golpe, mentada, señal dactilar) de mi parte - Hasta los semáforos peatonales parecieran estar en este ritmo intrínseco, pues siempre a la mitad de la calle se cambia la señal que pareciera decirnos “córrele porque si no… te llamabas”.

Que si él llego primero, que ahora es mi turno, que si te distraes me meto, “el que se fue a la villa, perdió su silla”, pero todo porque tengo que llegar primero, tengo que estar a tiempo… ¿Primero en que? ¿A tiempo de que?

Ya no es sorprendente entonces ver ese tráfico vehicular en las calles a “vuelta de rueda” y con la sinfonía del sonido estruendoso de los cláxones, ah porque entre mas lo hagamos sonar, más rápido se moverá el tráfico, si ese truco todo mundo lo sabe. Y en las banquetas la historia no es tan diferente; hay que cuidar los codos, brazos y todo el cuerpo porque son presa de cada empellón. Y el “usted disculpe” quedo muy atrás en el pasado, en el olvido, como si la cortesía tuviera fecha de caducidad.

Ni como negarlo, soy un nadador asiduo de esas aguas turbulentas, por necesidad; pretexto trillado de la gran mayoría tal vez. Pero hoy me detuve a observar a esa fauna pensante y evitando empellones, pude llegar a mi santuario meridiano de nuevo, y meditar de todo y nada, buscando algo tal vez imposible de encontrar, pero muriendo en el intento.

Al fin me regale unos minutos de locura antes de volver al mundo de los cuerdos, de ir corriendo por calles y banquetas, para no llegar tarde a una cita inevitable, donde no tienen reloj pero si mucha indiferencia.
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31 octubre 2010

La ayudita


Suelo tomarlo negro, pero esa tarde, el desfile urbano ameritaba un cortado, y así lo pedí: cortadito “half and half”. Y todavía no terminaba de darle vueltas con la cucharilla cuando aparecía el primero de los transeúntes asiduos a aquel lugar. El desfile estaba por comenzar y yo, como siempre, tenía boleto de primera fila.

Haciendo sonar sus muletas a la distancia, Don Alex hacia acto de presencia en mi retirada mesa, como descubriendo a propósito mi escondite favorito y sin recordar mi cara o fingiendo, como en todo, un primer encuentro. Su letanía, previamente conocida, rezaba algo por el estilo: deportado por la “migra”, tuvo un accidente y perdió su pierna, vive del alquiler y “honradamente” pide una ayudita para salir adelante.

No lo niego, es difícil no estrujar el corazón con estas escenas… si no fuera la cuarta o quinta vez que don Alex hace su aparición triunfal en mi rincón favorito. Y para colmo me tomaba a medio sorbo. Mientras bajo mi taza solo alcanzo a repetir la ya también trillada frase de “ahora no traigo nada, mire, apenas para el café, y hasta la propina me reclaman”. Don Alex cambia el semblante, da las gracias casi en caravana, y se retira.

Yo creo que no tarde en darle dos sorbitos más a mi cortado cuando al poco tiempo llega Doña Brígida. Pero es que esta “seño” es punto y aparte. Siempre tratando de pasar desapercibida con una sonrisa y un ventanal que hace que Ronaldinho tenga la dentadura más perfecta sobre la tierra. Nunca falla; la doña siempre pasa de largo, esboza la sonrisa a manera de saludo, cortésmente la devuelvo y es así como se da la invitación indirecta. Siempre regresa con una voz aguardentosa y con una letanía diferente. No suele hacerlo pero la situación la ha forzado, esta desesperada y pide con mucha pena, una ayudita, lo que sea mi “santa” voluntad. De nuevo hago gala de mis nulas artes histriónicas con el famoso “ahora no traigo”, la doña me devuelve la sonrisa fracturada y se retira.

A estas alturas, pienso que mi tarde de café no seria igual sin este desfile sin igual, como a manera de excusa, para no renegar, pues la vida es así, y tiene de todo. ¿Quien no me dice que algún día este yo del otro lado de la acera? Así que prosigo con mi tacita, a tragos mas largos pues la temperatura de mi elixir ha cedido un poco y me lo permite, pero aun así lo voy estimando, pues el desfile aun no ha terminado.

Y es así como después de varios sorbitos de café, el desfile anunciado, y los vendedores de flores que siempre y tal vez por no dejar me ofrecen esa solitaria rosa, llega cerrando el desfile el típico “borrachito” de siempre. Haciendo el su mejor esfuerzo por articular palabras y yo el mío por entenderlas, se podría decir que logramos casi un dialogo. La misma pregunta, la misma respuesta, y la misma salida. A este amigo solo le falto el sombrerito para levantarlo educadamente y emprender la graciosa huida del lugar, no sin antes dar dos tropiezos.

Me termino el último sorbo de aquel café tan entretenido, y dejando la tan anunciada y escueta propina, paso a retirarme de mi rincón favorito, ese desde donde veo la vida en otra perspectiva. Y por supuesto, que sin querer retirarme, es que pienso que tal vez el que requiere la ayudita más que nadie soy yo, pero no en monedas… la de cosas que tiene la vida. Y mientras me retiro, ya estoy pensando en la siguiente visita a mi rincón, y el esencial desfile de las ayuditas.
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13 octubre 2010

Santuario Meridiano


El ambiente es el más propicio para la ocasión: una plaza pública, pequeña y con árboles que dan la sombra suficiente, bancas de concreto y espacio suficiente para el almuerzo o “lunch” y una caída de agua artificial que se supone regala paz al escuchar el correr del agua.

Me siento a disfrutar de un sándwich, mientras mi mente divaga un rato en lo que mi mirada va recorriendo las fachadas de los edificios contiguos, y paso ventana por ventana tratando de adivinar que hace cada ser humano, cada alma detrás de esas ventanas, si son oficinas separadas, si es una sola aglomerando varios espacios, si están a punto de salir a su “lunch break” o comen en sus escritorios.

Al tiempo voy recortando trocitos de pan y se los arrojo a las palomas, como en la canción de Calamaro, y me imagino que yo soy ese loco, sin porro, que me doy cuenta que el tiempo es muy poco. Pero, ¿el tiempo para que? Y sin responder sigo revisando las fachadas a mi alrededor, perdiendo el tiempo, divagando a propósito, pensando para no pensar, aun con todo y que el tiempo es muy poco, lo demás de tiempo no me sirve, y se siente una eternidad, en la mente de un loco, así lo es.

Y me doy cuenta que termino no por el tiempo, si no porque no hay mas sándwich ni mas pan que tirar a las palomas. Recojo mis cosas, tiro la basura (soy loco pero con conciencia ecológica) y dispongo a retirarme de mi santuario meridiano. ¿Hacia donde? ¿Norte o sur? Que mas da, voy a llegar a la misma rueda de la fortuna por cualquier lado, mejor sin prisa…
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19 septiembre 2010

De crepúsculos y miradores


El subir la cuesta en una tarde. El crepúsculo que va quedando atrás, como una postal imborrable, preciosa y precisa. Los unos que se detienen a admirarlo, los otros que nos seguimos de largo. Adultos, niños, ancianos, parejas, un que otro solitario. Todo eso voy dejando a mi paso, por las ventanas y por el retrovisor. Mi auto se convierte en una capsula hermética que me aísla de lo que sucede por fuera. No logra su propósito del todo. La luz de la luna apenas naciente se cuela por el techo solar y me ilumina, y me recuerda de golpe que no estoy aislado, que vivo en un mundo, de personas, de emociones, de distracciones, de situaciones y de frustraciones.

Sigo mi camino y gracias a ese crepúsculo, sigue iluminado de un tono rojizo que baña las montañas cortadas como con un serrucho por la mano del hombre en aras del avance, para dar paso a los vehículos, para darme paso precisamente.

Y en ese preciso instante, donde mas aislado me quería sentir, se abre la puerta y una gran cantidad de recuerdos y sensaciones recorren mi ser, todo gracias a la postal que acabo de pasar de largo. Todo transcurre durante mi camino montañoso, y todas esas sensaciones me hablan, me invaden y curiosamente, me hacen sentir mas humano, con sus errores, defectos y costumbres, como buen ser humano.

La vida no es perfecta, y el momento se termina al llegar a la luz roja del semáforo que espera al final del camino. Vienen a mi mente otros pendientes, y lentamente siento como la puerta se cierra, y la tortuga vuelve a su caparazón. Miro hacia delante y espero la luz verde. Creo que mi vida tiene que ser así de ahora en adelante, mirar hacia enfrente, y esperar la luz verde… esa que llega en un minuto, o que si el semáforo esta descompuesto, nunca llega, solo el “alto” con precaución…
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06 agosto 2010

On the road again, in two wheels


En ese momento pensé "es ahora o nunca". Y llego la tarde, y llego el momento, a desempolvar la "maquina perfecta", a revisar detalles, a inflar llantas, asegurar de llevar lo adecuado, a buscar la indumentaria apropiada que lucia arrumbada en un rincón de ultimo cajón de ropa. Y listo! la bicicleta me esperaba, el mundo exterior con sus nubes y su cielo, con sus caminos y sus olores y sus paisajes me esperaban.

Y que recibimiento me iban a dar; parecía que hubiese sido ayer la ultima vez que me subí en ella y fui a dar mi vuelta. Todo lucia como nunca, o como siempre. Los arbustos despidiendo ese olor, aunque después muera levemente de alergia. El camino de pendiente mas inclinada me esperaba igual, y me exigía esfuerzo, mas que el de costumbre por mi falta de perseverancia, directa o indirecta. La fauna urbana y desértica me observaba mientras trataba de hacer mas ligero mi paseo cambiando de engrane la cadena.

Intente hacer de esto un reencuentro documentado, con imagenes, algunas en mi mente, otras en una cámara. No pude captar todo, en momentos decidí dejar todo en mi mente y solo seguir el momento sobre ruedas, dejarlo fluir y recordar como era eso de pedalear. Y lo logre. Al final de cuentas mi "maquina perfecta" no estaba peleada conmigo, simplemente me esperaba fielmente, para seguir adelante en el kilometraje, para seguir con esas metas pendientes, esos logros, esos sueños, esas victorias compartidas, y ese oxigeno que alcanza para mas de uno, de paseos recreativos, y de rutas competitivas.

Y así sucedió, repentinamente. El doctor dijo "si" y por ahí me colé. Ni tiempo le di al titubeo, me lo tome como lo que era y el día se complemento perfecto. Gracias a mi maquina perfecta por todo lo que me regala. Gracias a la vida por otra oportunidad, esta y tantas que me sigue regalando. Es bueno sentirse así de nuevo, abrir los brazos y sentir el viento que recorre nuestro cuerpo, mientras miro al cielo y me siento libre, me siento vivo; ahora se que puede ser con ruedas o sin ruedas... aunque con ruedas adelanto la sensación.
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