21 abril 2021

Un piso “como el agua” y “destruyendo hoteles”

 

No sabia por donde empezar.  Después de mil videos instructivos en YouTube y de trazos mentales, empecé por el principio:  la esquina más alejada.

Y es aquí donde comenzó mi idilio con la música de ese par de flacos:  Charly y el Camarón.  

Comencé de esa manera ensamblando todo el piso de mi nueva casa; con mucho cuidado, como con mucho cariño mientras usaba el martillo de goma para terminar de unir perfectamente esas tablas, mientras Charly me contaba como pasaba el tiempo destruyendo hoteles. 

Me encontraba contando tablones y haciendo cálculos con las medidas, al mismo tiempo que descubría que Pedro Aznar participaba de “Tu Amor” con Charly García.  Al primero lo descubrí gracias a Filio, al segundo ya lo conocía de tiempo antes.  Luego me mortificaba el darme cuenta con la lentitud que mi obra se movía, pero me regocijaba escuchar que no voy en tren, voy en avión.  Es así como me decidía aventarme dos o tres hileras extras de tablones laminados, total, tenía muy buena compañía.

Y así fue durante todos esos días, durante todo ese proyecto, que cabe mencionar me dolió solo físicamente, sobre todo a mis maltrechas rodillas futboleras.  Porque a mi alma, a esa la alimentaba con toda esa nueva experiencia, esos colores artificiales de caoba, y esos olores de madera prensada.  Y esa música, esas letras que parecían darme un mensaje de esperanza cuando quise abandonar mi tarea en mas de una ocasión.  El dolor de mis rodillas parecía hacerle coro a las seguiriyas de Camarón.  Cuando llegaba “como el agua” a mis odios, mis manos buscaban la botella como por embrujo – hora de un break. 

Mis ropas “de talacha” toda maltrecha y maloliente me parecían muy ad hoc cuando escuchaba a Camarón decir que se partía su camisita.  Al menos la mía seguía en una sola pieza todavía.  Pero también tenia tiempo para maldecir mi suerte.  Gracias a ese trastorno obsesivo compulsivo que me hacía buscar la perfección en las uniones de los tablones y en las esquinas del piso, mis rodillas lloraban como el cante de Camarón.  Pero luego llegaba de nuevo Charly y me decía “rezo por vos”; no me quedaba otra que seguir en la labor.  Ni modo, “sin llorar” como decimos por acá.

Y así entre rola y rola termine el piso, completita quedo la casa y contentita quedo mi señora, o al menos eso creo.  Al final de cuentas salí ganando mucho, y me sentí afortunado.  Me ahorré montones de dinero en aventarme yo mismo la tarea a lo DIY, aprendí mucho de la instalación de los pisos laminados, el scrap (desperdicio) fue mínimo, mi casa estuvo mucho mas cerca de estar lista pero lo mejor, me hice fan de Charly García y de Camarón de la Isla.  Ahora cuando los escucho de nuevo, es imposible alejar de mis sentidos el olor de la madera falsa, el polvo, dolores de rodilla, pero también esa alegría de corazón, esa satisfacción de haber logrado algo con mis propias manos. ¡Win-win!

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10 marzo 2021

La cuarentena de Ser humano

Sentado escribiendo estas letras me doy cuenta de dos cosas.  La primera, que vuelvo a mi espacio, re vuelvo a mi ático, a ese lugar que nunca debí de haber abandonado y descuidado tanto.  Segundo, pronto cumpliré un año laborando desde casa.  Trescientos sesenta y pico de días donde tuve que acondicionar una oficina y acomodarme de la mejor manera posible entre el caos local, estudiantes de preparatoria y universidad y un loco disque resolviendo problemas tecnológicos.  Con todo y eso, me considero con mucha suerte.

Pero me pregunto ¿Qué hemos logrado con todo este encierro? ¿En realidad aprendimos algo mas que mantenernos sanos?  Todo ese distanciamiento social (la famosa Susana Distancia que hasta en la sopa te la encontrabas) , creo que nos jodió mucho más que el mismo bicho.  Ojo, no intento minimizar la pandemia ni las medidas sanitarias, solo pienso que, en el intento por mantenernos sanos físicamente, nos hemos enfermado espiritualmente.  Creo que muchas veces fue más una cuarentena de Ser humano.  Cualquier otro ser humano de mente libre y que estuviese despertando de un estado de coma en estos momentos nos diría algo así como – nos dividieron, y nos vencieron.  Y tendría mucha razón.  Ahora por las calles o lugares públicos, vemos cada vez mas enfrentamientos entre los que creen tener la razón, que si traes mascara, que si no traes, que el gobierno dijo, que todo es una farsa, que nos están dominando, etc.  Creo que todo el caos que apenas surge y el resto que se avecina le da la razón a esa teoría – nos dividieron y nos vencieron. 

“Saludo de gladiadores” me dice un amigo al cual me encuentro por la calle en estos tiempos mientras me ofrece chocar su antebrazo con el mío, muy al estilo romano o gladiador.  Al menos un saludo de perdida, un contacto indirecto.  Lejos estamos del beso en la mejilla tan clásico en México y en muchos lugares de Latinoamérica, Europa y el mundo.  Los Mexas somos querendones, abacho becho y apapacho.  Todo eso queda en la distancia, no muy lejana pero que se siente como si fuera cuento de abuelo.  Y ni que decir de las reuniones, fiestas y demás pretextos que usábamos para compartir un café, una cerveza y un chisme, una platica de lo que fuera, simple interacción.  Es por eso que afirmo que, dadas las circunstancias, nos aislamos y vencimos al bicho.  Pero ¿y qué hay de nosotros? ¿no sienten como que dejamos de ser humanos un poquito?  No sé por dónde leía que el ser humano dese que nace busca ese roce de una piel cálida, de su madre, de la enfermera, de quien sea que se apreste a ofrecérselo.  Es la naturaleza humana.  Por mas que despotriquemos del mundo y de sus pobladores, o que afirmemos que los pendejos son mas y nos rebasan, tarde o temprano necesitamos de alguna interacción humana, por indiferente que parezca.  Como cuando la tierra tiembla y la gente se junta para hacer cadenas humanas y mover escombros o llevar alimentos al necesitado.  De nuevo, no digo que haya sido malo el guardarse, al contrario, pero, temo que el precio que estamos pagando este siendo muy caro.  Y me temo que pagar la deuda va a durar mas que una hipoteca.

Siento que ahora nos tenemos miedo.  El simple acto de caminar por la calle, voy por la acera y veo a la distancia alguien que viene por la misma senda pero en sentido contrario, hacia mí.  Antes, ningún problema.  Ahora, ya nos vamos cambiando de acera en cuanto nos visualizamos.  Entiendo, mas vale de lejitos, mas vale la distancia, pero de nuevo, siento que perdemos algo de lo que nos hace humanos.  Imagínense ahora un evento masivo, concierto, evento deportivo donde podías hasta adivinar sin tanto esfuerzo lo que el fulano de enfrente había cenado esa noche.  Ahora, ni soñarlo.  Siento que mas que la precaución, nos gana el miedo, y ese miedo nos puede llevar a lugares muy oscuros.  Creo que a algunos ya los esta llevando, sacando lo peor de nosotros mismos en los momentos en que más nos necesitamos.

Solo espero que salgamos bien librados de esto, física y emocionalmente, pero sobre todo, humanamente. 

Es agradable volver a este espacio, a mi ático.  Un saludo y mis mejores deseos para cualquier despistado que todavía se atreva a visitar estos sitios arcaicos llamados blogs. ¡Saludo virtual de gladiadores! (sin necesidad de gel antiséptico)

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15 febrero 2019

Y sigue la mata dando, y la “humanidad” decepcionando


Y lo pongo entre comillas porque dude en calificarlos de humanidad.  Todos o algunos, a los que les caiga el saco.  Y sé que no todos son así, pero ¿será que nuestra misma naturaleza humana nos orilla a esas prácticas? A la puñalada trapera, a la mentira en exceso con fines de lucro, a la hipocresía, a la envidia, a la amistad falsa, sentimientos falsos y al aparente único propósito de aplastar a los demás si es que se cruzan en el camino del éxito.  La traición siempre ha existido, pero no nos acostumbramos a ella, sobre todo el que la recibe.  Duele siempre.  Y lo pueden atestiguar tanto vivos como muertos.



Y de nuevo culpo a mi eterno afán de pertenecer.  Ese maldito afán que todavía no puedo descifrar bien de donde viene, pero lo más importante, como lo puedo controlar, amaestrar, o mejor aún, eliminar para siempre.  Los humanos somos seres sociables por naturaleza… dicen por ahí.  ¿Sera que se sufre más solo que mal acompañado?  Lo dudo mucho.  Pero si es verdad que la interacción humana es muy necesaria y es hasta cierto punto muy sana para nuestro bienestar como sociedad, como seres humanos, emocionalmente y físicamente.



Pero de aquí se agarran algunos muy “jijos” para aprovecharse.  No se qué extraña satisfacción les da esto, pero alguna sensación gratificante les tiene que dar.  “Se aprovechan de mi nobleza”, de las carencias, traumas y necesidades del débil, de esa necesidad de sentirse amado, de pertenecer, de ser “cool”, de ese “tocuh”, aunque parezca casual.  Y llegan sigilosos, como víboras, y te dicen que comas del fruto prohibido.  Se dicen tus amigos, amantes, incondicionales, lo que sea que te suene bonito.  Te llevan a las nubes, y cuando más arriba estas.. ¡Pum! Pa’ bajo y de chingadazo.  El golpe al final de esa caída libre puede ser tan doloroso que acaba vidas enteras, aunque llegues a los noventa y tantos.



Ya no importa tanto lo que digan a tus espaldas, las invitaciones que nunca llegaron, las ofensas que nunca se dijeron de frente, los sobrenombres secreto a voces, las opiniones reales, la radiografía de tus errores.  Que importa, nada.  Lo único que importa es saber que nunca pertenecí, que sigo siendo el mismo rarete como aquel adolecente al que le gustaban las historias de la revista Duda, la historia y la música de tangos, el cubo rubik y mis inventos disparatados.  Pero bueno, ya está.  Nunca he pertenecido, ni perteneceré, nunca fui parte de nada, de ninguno de esos grupos o normas sociales establecidas.  Nunca los entendí, no sé porque siempre quise pertenecer.

Ahora me quedo conmigo mismo, como siempre debió ser, hasta el final….


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14 agosto 2018

Desolaciones, Volumen I



Trillado está el dicho o frase que trata de mandar el mensaje que en tus momentos más oscuros es cuando descubres con quien o quienes cuentas en realidad, quienes se quedan en las malas contigo y no solo en las buenas.  Estoy pasando por uno de esos momentos, de lo más oscuro que haya pasado, y sí, estoy descubriendo con quien cuento.  Y los puedo contar con los dedos de una mano, tal vez con la otra, pero al final de cuentas, son pocos.

No sé qué sea más duro, sentirte mal, de la rechingada, o sentirte solo, que tu suplica desesperada por afecto no es más que eso, una súplica desesperada, un grito en el desierto, una súplica por atención en un momento desesperado, de desolación, de abandono, de desahucio. 

Y no es el momento de juzgar a los demás, sobre todo a aquellos que fueron en su momento muy cercanos a ti, pero no lo puedes evitar, y quieres gritarles y reclamarles: Que bien, yo si estuve en tus peores momentos, ¿Lo Recuerdas? Una noche que parecía interminable en la que presté hombro, oídos y corazón para que desahogaras tus penas en “el peor momento de tu vida” como lo describiste, y yo si estuve al pie del cañón, en cambio, para ti, lo más fácil fue pegar la huida, porque nadie dijo que las broncas ajenas son fáciles, podrían ser más difíciles que las propias porque se enfoca uno demasiado y tal vez te dejas empapar; “broncas gratis” dirían en el barrio, pero ¿Sabes algo? Me duele, y me duele mucho, tal vez más que mis males físicos, estoy dolido, estoy jodido, me siento sin aliento y sin esperanza alguna en la humanidad, en los valores del amor y la amistad que queremos pregonar y a los que tantas veces le fallamos.  Sí, no somos perfectos, pero no deja de doler.

Tal vez una buena platica y un buen oído, sobre todo esa empatía que te hace sentir comprendido no sane un hueso o un tejido celular de tu cuerpo, pero si actúa como una compresa calientita para el alma, que tal vez sea la más necesitada e inclusive podría ser la clave para el comienzo de una sanación total e integral.  Eso tal vez sea lo que más necesita una persona en esas circunstancias, no es tanto el mal físico, sino la desolación y sensación de derrota que uno carga al ver todo negativo.  Eso es lo que extrañé.

Ahora estoy tratando de juntar las piezas, seguir tratamientos, lo que sea, hacer mi parte, porque la otra, yo no tengo el control, y quisiera una garantía, pero no existe; quisiera una seguridad, pero no la hay.  Solo hay palabras de aliento y solidaridad de aquellos que se la rifan y de alguna manera te quieren alivianar con unas palabras o simple compañía, simple solidaridad.  Y esas llegaron, en su debido momento, de gente que esperaba y también que no esperaba, y de los cercanos, que sabes que nunca te fallan, aunque no puedan hacer nada más por ti.  En fin… me duele, y mucho, pero esto es así.  Tu estas bien, yo estoy mal, así me toco ahora, por no sé cuánto tiempo más, pero como no tengo esa seguridad del futuro, hay que vivir el presente, día a día, mientras se pueda.  De cualquier forma, gracias por haberme dado la oportunidad de estar ahí cuando lo necesitaste, porque me di cuenta que yo también, dentro de todo mi ego, puedo ser solidario.
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11 abril 2018

Ilusiones Pasajeras



La realidad hoy en día se pone en duda, en todas partes, en todos los aspectos.  Esa saturación de realidad virtual y esa explosión de redes sociales nos hacen cada día más difícil la tarea de diferenciar entre lo que es real y lo que es una ilusión.  Ese es el propósito de dichas herramientas, pero, ¿o nos muestran una desviación de la realidad existente o más bien nos destapan una realidad que no queremos ver?  Sobre todo cuando se trata del tema de la amistad.  Pensamos que contactos es igual a amistades, “likes” es igual a interacciones, a aceptación, a cariño verdadero.  Pero no es así, todo eso es solo una ilusión, una imagen pintada de una realidad mucho más cruenta y que nos reusamos a ver, pero que más aun, nos reusamos a aceptar.  Nos gusta vivir engañados, y cuando llega la desilusión, el golpe es mas duro.

En redes todos somos muy valientes, muy cariñosos, muy amigos, muy populares, muy chingones; el modelo más cercano a una cuasi perfección.  Y cuando se trata de amistad pues ¡ni se diga! Y buscamos tener el mayor número de contactos o “amistades” en tal o cual red; entre más tengamos, mejores seremos.  Y lo peor del caso es que nos creemos esa mentira, y sentimos que somos re amigueros, populares y aceptados por muchísima gente.  Pero en el fondo sabemos que no es así, que a la mayoría de esos contactos ni los conocemos en persona, o tenemos años que no los vemos, y ni si quiera nos agradaban cuando se sentaban a dos filas de la tuya en aquel salón oscuro de la escuela secundaria.  Pero hay que alimentar a la ilusión, agregar contactos y dar muchos likes.  Porque a mayor número de likes otorgados, mayor la probabilidad de que sean los likes recibidos.  Y la remuneración es inmediata, me siento “in” y tengo ya mi dosis de validación por esa hora, o quizás minuto, dependiendo que tan atrofiada este mi atención.

Me pregunto qué pasaría si invitase a alguno de esos contactos a tener una interacción en el plano real, compartir un café, una cerveza o un té orgánico, lo que sea con tal de tener una buena platica y comparar ideas más allá de un meme o de un video pendejo.  La respuesta la tengo, pero me niego a buscarla, más que nada a aceptarla.  Y es por eso que preferimos quedarnos así, en esa ilusión de amistad.  SI la misma interacción real no es garantía de amistad, ya sea en el trabajo, en la escuela, en donde sea que tengamos esa falsa relación de casualidad, de interés, ahora en el mundo virtual las probabilidades descienden aún más de encontrar sentimientos verdaderos.

A veces, para tratar de darle sentido a la maraña de sensaciones, me gusta metaforizar la vida y sus interacciones personales con un simple viaje en tren, “el subte”, “el metro” o como le quieran llamar.  Un tren que da vueltas y a veces pasa por las mismas estaciones, o a veces cambia de ruta.  Y suben y bajan muchas personas por cada estación a lo largo del viaje.  El carro en el que viajas es tu momento presente, tu círculo cercano.  Las estaciones son etapas de tu vida.  Y en la estación Universidad suben muchos, algunos se quedan en la otra orilla del carro.  Los ves a la distancia, los saludas asintiendo con tu cabeza, recibes respuesta de algunos, pero de otros no, inclusive una mala mueca te llevas.  Con algunos hasta juegas cartas y platicas a carcajadas, beben de todo, comparten de todo mientras dura el viaje.  Luego en la estación Obrera, bajan unos y suben otros cuantos.  La historia pareciera repetirse.  Y aquellos con los que conviviste de cerca durante parte del viaje te duele dejarlos en tal o cual estación.  ¡Ni modo, tenían otro destino!  Y te dices esto mientras los ves hacerse más chiquitos por la ventana hasta que el tren da alguna vuelta y desaparecen por completo. 

Y es probable que a algunos de ellos te los vuelvas a encontrar en otras estaciones más adelante, pero la situación es diferente, ya no hay lugar cerca de ti, los ves de lejos, asientes con la mirada, con suerte hay respuesta, muchas veces solo hay un teléfono celular de por medio bloqueando la interacción.  Y los ves bajar de nuevo, y en veces ni cuenta te das que ya se bajaron solo después de que el tren prosigue su marcha.  Hay algunos, muy pocos, que se van a quedar contigo durante todo o casi todo el viaje.  Y para esos hay pocos lugares, como esos asientos dobles orientados frente a frente.  Son pocos pero locos, ¡son tus locos!  Los demás son casualidades, ya sea porque les toco la misma ruta, o porque necesitaban cambio y te pidieron prestado, y si tal vez se quedaron durante alguna estación, pero no más.

Habrá aquellos que se queden contigo hasta la penúltima estación, y querrán seguir, pero tienen que transbordar, es otra su estación final, siempre lo es. Y ya al final, te encuentras tu solo en ese vagón, sin más luz que la que alcanza a entrar por las ventanas mientras el tren se sigue moviendo.  Y en esta estación si te la rifas solo, porque así tiene que ser.  Y tal vez te des tiempo para meditar un poco acerca del recorrido y las estaciones, y la gente que subió y bajo, y lo que aprendiste, si es que algo te quedo.  Entonces podrás echarte a reír y a llorar mientras revives todo aquello en cuestión de segundos.  Y después, se acabó el viaje.


Así es la vida ¿o no?
Unos suben, otros bajan, “ay que chido la pasamos”, “eres muy especial”, “no tienes idea cuanto te quiero”, y luego se bajan y ¡tan tan!  Y tal vez los volvamos a ver a la distancia, y nos alegremos y también nos duela, pero el tren sigue su marcha, no se detiene por nadie una vez que esta en movimiento hasta llegar a su estación final.  Such is life!
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