| "Up, up, and away... to the toilet" |
Nos encontrábamos de regreso a casa en un viaje de cuatro horas por carretera. Horas de playlists, de podcasts y de platicas profundas y a la vez de nada con mi mujer. De regreso de salvar al cachorro de algunas vicisitudes en su inicio por la vida adulta, así que veníamos con esa sensación del deber cumplido.
Así pasaron las horas entre el crujir de galletas, el olor chocolatoso de mochas lattes y las melodías de "Ramble On" o "No voy en Tren" de fondo. Ese último podcast de Yordi estaba interesante, pero me canso su voz sosa y su actitud a veces ingenua rayando en lo pendejo. Decidí entonces dejar a mi DJ de inteligencia artificial de "spoofy" (así le digo yo de cariño a Spotify) que me sorprendiera con sus sugerencias musicales.
Por un momento mientras mi vista se perdía entre el camino y esos cerros cafés con mucha arena y pocos arbustos, meditaba en los alcances de la inteligencia artificial – ¿Qué crees que sea peor, la inteligencia artificial o la estupidez natural? - le preguntaba yo a la flaca mientras el DJ me ponía a bailar las manos al ritmo de "Play That Funky Music". Ella no me contesto, venia más dormida que despierta. Me valió madres, yo seguí "conversando" con ella, un dialogo muy monologo; interesante ejercicio.
Los cafés y las aguas del camino no tardaron en hacer efecto en mis entrañas. Faltando aproximadamente una hora para llegar a destino, mi vejiga digo "no más" y como policía de pueblo me decía amablemente: "oríllese a la orilla".
Mientras evitaba retorcerme muy obvio, intentaba buscar alguna estación de servicio en la aplicación del celular. Parecía hecho a propósito, estábamos en el tramo más inaccesible del camino. Con todo y eso, a un par de millas más adelante se encontraba el ultimo pueblito antes de entrar a la mancha urbana. Sin pensarlo dos veces, tomé la salida. La aplicación de mapas del móvil me delató, pues empezó a darme rutas alternas sin parar; poco le falto para regañarme. La cantaleta de voz dulce despertó a mi flaca y llego el reclamo - ¿Porque nos salimos? ¿No te pudiste aguantar?, falta muy poco. Creo que ella entendió mis razones al ver la distancia considerable que había entre mi trasero y el asiento del auto. Pasaron un par de minutos desde la salida que parecieron eternos y la estación de servicio por fin estaba ahí. Llegué, paré, entré, busqué, desagüé, exhalé, soplé, fui feliz.
Después de tan necesaria desviación, retomamos la carretera principal. No habían pasado ni dos millas cuando de pronto una patrulla del Sherif local bloqueaba la carretera, forzándome a tomar la salida adjunta. La tomé, pero muy avivadamente me quise volver a meter a la autopista, y en ese momento llego otra patrulla a bloquearme dicho acceso. Con señas le preguntaba al poli que para donde más le daba, el solo me hizo otra seña con sus manos que interprete como "atrás". Ahí fue cuando a la distancia pude ver un embotellamiento de carros y trailers junto a una gran columna de humo negro, denso y hasta unas llamaradas altas, vivas, con hambre de seguir consumiendo.
Un poco de olor a diésel quemado se coló entre las rendijas del aire acondicionado. Hubo un momento de confusión, siempre se ataranta uno ante lo imprevisto. En ese momento pensé – si no me hubiera parado a vaciar mi vejiga, tal vez estaríamos ahora mismo atascados entre todos esos carros, o quizás estaríamos debajo de la columna de humo entre las llamas... ve tu a saber. Se me puso la piel chinita y hasta frio me dio.
Me orille a la vereda del camino y le preguntamos a la voz dulce de la aplicación de mapas que nos dijera "pa donde". Muy amablemente nos dio la mejor ruta; era la única para sortear el obstáculo. Nos atrasaría un poco pero, era inevitable y necesario. Seguí las indicaciones y para mi sorpresa, nos llevó por unos caminos rurales de paisajes muy pintorescos: pequeñas granjas con tractores oxidados, caballos y vaquitas. Varios árboles frondoso hacían una especie de sombrilla por ambos lados del camino. Un canal de riego recorría la misma ruta y un gran cerro, más verde que café, nos regalaba una sombra reconfortante; un verdadero oasis en medio del desierto.
El tiempo se detuvo y a la vez se fue volando. Cuando menos pensé ya estábamos de regreso en la autopista. Y en ese último tramo no pude evitar pensar "¿Acaso podría decirse que mi vejiga nos salvó la vida? No puedo estar tan seguro, el hubiera no existe. Al menos el accidente nos hizo tomar esa desviación que evitó varias horas de atasco, corajes, y nos regaló una capsula analgésica de paisajes pintorescos, muy necesaria para desacelerar, observar, respirar hondo y disfrutar de la vida que nos quede. Después de todo y por si las dudas, le agradecí a mi vejiga que haya sido tan oportuna con unas buenas chelas ya en casita, esperando al siguiente road trip para escuchar sus consejos o de plano llevarme una bolsita...
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