
Pues si, se llegaba mi “Día D”, el día de la carrera a la que me había inscrito voluntariamente, como un reto, como una terapia, como una prueba de muchas cosas. Me sentía listo, no había mas que aprender, no había mas que hacer a ultima hora, salvo un pequeño detalle: en mi afán de dejar todos los ejes súper limpios, desalineé la llanta y el freno trasero de mi bicicleta. Cundió el pánico por unos momentos, por unas horas diría yo, pero nada que un mecánico de verdad no pudiera arreglar, por unos cuantos dólares y lo más increíble, en escasos quince minutos. Problema resuelto, así que lo único que quedaba por hacer era esperar, relajarse y esperar.
La mañana siguiente, la de la carrera, pintaba para ser perfecta, cielo despejado, clima agradable, un poco fresco pero se esperaba que el sol tuviera sus efectos durante el día, y poco de viento, que después arreció y si llego a ser factor, aunque también agradecería ese viento porque me refrescaba cuando mas lo necesité.
La salida fue una locura, había mas de dos mil competidores, era un enjambre de bicicletas, entusiasmo y adrenalina a flor de piel, todas las edades representadas, un mar de gente. La cuenta regresiba en el megáfono 3, 2, 1... y se llegaba el disparo de salida. Poco a poco fui avanzando entre el mar de bicicletas, haciéndome espacio, y tratando de llevar un ritmo tranquilo, como el que se había planeado para poder llegar entero a la etapa de montaña. Subimos el bordo del rió y la ruta enfilaba hacia el oriente. El polvo era increíble, ahora entiendo porque un rato antes vi a varios competidores con tapa-bocas, esto respondió rápidamente a aquella pregunta planteada en mi mente momentos antes.
Algo que me entusiasmo bastante, fue ver a mucha gente a orillas del bordo del rió y durante casi todo el trayecto, animando con pancartas, con aplausos y gritos de “animo, animo, van muy bien” y todo eso. Gente que salía de sus casas para ver la carrera, gente que iba apoyando a algún familiar pero animaban parejo, sin discriminar, esto me hizo sentir especial, es algo difícil de explicar, pero es una sensación que percibí y viví en carne propia, y me llego, así que doy gracias por eso. El tramo de ida y vuelta por el bordo del rió estaba por acabar, hasta aquí todo bien, depuse, pasar por la zona de Anapra, seguir saludando gente, dando palmadas al pasar y con esto dibujar una sonrisa en el rostro de algún chiquillo que con mucho entusiasmo había salido de su humilde casa a ver la carrera tan famosa y que de alguna manera irrumpía la armonía de su Sábado común y corriente. Hubo un tramo donde unas chiquillas con papel y lápiz en mano pedían autógrafos, fue algo gracioso, pero como que eran cosas que el ser supremo me mandaba para que por un momento me sintiera de nuevo humano y regresaran los pies a la tierra, eran mis anclas, por las cuales doy gracias también.
Y esto lo digo, porque cuando más invencible me sentía, cuando traía mi mejor ritmo y mi mejor tiempo, a las dos horas y media de camino ¡crak! La cadena de mi bicicleta se salía de la estrella mas chica y se atoraba con tres vueltas en el eje. Rápidamente me baje, un amigo con el que venia haciendo equipo hizo lo mismo; tratamos en vano de zafarla, no se podía, era prácticamente imposible. Tuve mi momento de negación, luego de reclamo, maldije y estuve a punto de patear a mi pobre bicicleta que no tenía la culpa, luego me vino un rayo de iluminación y le dije a mi compañero – tu síguele, voy a caminar hasta el siguiente punto de abastecimiento y veré si alguien me puede ayudar – no quedaba mas que hacer. Mi amigo prosiguió y yo, a caminar, mientras creo que mis ideas se calmaban y se ponían en orden. Por fin llegue al
check point y había bastante gente, nadie se ofrecía a ayudarme cuando de repente...
...milagrosamente veo una cara conocida, un joven que había estado entrenando con mis amigos y que a ultima hora decidió no participar en la carrera pero si como ayudante. Le explique el problema, pronto llamo a otro amigo suyo, hicieron la bici a un lado del camino y la voltearon, comenzaron a tratar de arreglarla. Pidieron herramienta y después de varios minutos y varios intentos, la cadena estaba de nuevo en su lugar. Creo que ya había perdido en total unos cuarenta y cinco minutos en todo esto, pero sin pensarlo dos veces, agradecí en el alma ese gran favor, y me dispuse a continuar. Me abastecí de agua, plátanos, lo que estuvieran dando y le di con todo, rebase gente a diestra y siniestra, pedía pista como todo un “pro” y así llegue al kilómetro 60 de recorrido, comenzaba lo bueno, el ascenso.
Debido al gasto anterior en mi afán por alcanzar a mis compañeros, deje mucha de mi energía en el camino, además de que la cadena no había quedado al cien por ciento y seguía cayendo, solo que ahora al primer ruido raro paraba de inmediato para evitar que se volviera a enroscar. Cuando el calor mas arreciaba, mi energía se acababa poco a poco, también los líquidos, pero eché mano de lo poco que traía de agua, los
geles y barritas de cereal para tomar algo de energía. Pasábamos el ultimo punto de reabastecimiento antes de la famosa “Subida de la Asfixia”, me armaba de
gatorade y de valor. Curiosamente el camino pasa por una pequeña capilla, un poco de agua bendita y a seguir el camino, y a unos metros de llegar a la falda de la subida, los calambres hicieron de las suyas y tuve que detenerme por un buen rato mientras recuperaba mis fuerzas. Después de un rato de descanso, un poco de
gel y dos aspirinas, proseguí mi camino. La subida era criminal, yo lo sabia de antemano, ya la había pasado, pero esta vez traía mas kilómetros recorridos.
Dure subiendo lo que sentí una eternidad y cuando llegue a la cima, sentí como llegaba una extraña fuerza, que me impedía detenerme, así que sin descansar seguí por la “Bajada del Diablo” entre caminando y en la bicicleta, porque a las bajadas les tengo mucho respeto, dicen que no es miedo, que es precaución, como sea, extreme precaución y baje lo mas rápido que pude. El sol comenzaba a despedirse, y de regreso al Cristo Negro (donde se me había caído la cadena originalmente) me dije – de aquí en adelante nada ni nadie me detiene – y di mi resto, con todo lo que me quedaba comencé a pedalear, rebase a varios competidores que ya iban quedando rezagados al igual que yo, pero no sé de donde saque tanta energía que pedaleé como si me viniera persiguiendo la migra, no pare hasta llegar a la meta, levante mis brazos en alto para la foto y por fin, estaba en la meta; todo había terminado.

Me tomo nueve horas y cuarenta y cinco minutos terminar esta odisea. Es verdad que pude hacer menos tiempo, es verdad que el incidente de la cadena me pudo haber detenido, pero mi voluntad fue mas que eso, y que la debilidad física y la falta de sales y electrolitos. Estaba en la meta y era lo más importante, pidieron mi numero de competidor, dijeron mi nombre, respondí afirmativamente y me entregaron mi medalla de participación. No pregunté en que lugar llegue, la verdad no importaba, lo que importaba es que lo logré, y estoy en una pieza, recuperándome y plasmando lo que vi, viví y sentí esa jornada de Sábado, de los cien kilómetros de la carrera Chupacabras. Ahora a descansar, ya habrá tiempo de sobra para planear la estrategia para el siguiente año.